martes, 15 de noviembre de 2011

a correspondenciLa epistolar entre el Subcomandante Insurgente Marcos y don Luis Villoro.


Sobre ética y política 
Intercambio Epistolar sobre Ética y Política
por Marcos Roitman Rosenmann  Rebeldía / La Fogata
Son muchas las razones por las cuales  es obligado seguir la correspondencia  epistolar entre el Subcomandante  Insurgente Marcos y don Luis  Villoro. La primera, porque el problema  planteado nos atañe a todos. 
Desentrañar los vínculos existentes  entre capitalismo de guerra, ética y  política, se antoja prioritario para  explicar las transformaciones del  neoliberalismo. No debemos  olvidar que la economía  de mercado produce y  reproduce sus máximas  en todos los ámbitos de  la vida cotidiana. Me  refiero al individualismo,  el fraude, el tráfico de  influencias, la explotación,  el egoísmo o la mentira. 
Todo ello bien aderezado  con una moral corrupta de la  cual se nutre y unos medios  de comunicación que si no la  ensalzan la consienten. En esta  lógica, una de sus expresiones  más perversas es el asentamiento  de una élite política degradada,  sin valores éticos, prisionera de  las grandes transnacionales. Por  consiguiente, en la actualidad,  quienes diseñan la agenda de los  parlamentos, el poder judicial y  el ejecutivo, son los ejecutivos y consejeros de las  empresas transnacionales. Así, se aprueban leyes en  favor de la deforestación, la privatización de  los recursos naturales, la emisión de gases  tóxicos y, de paso, se da el visto bueno  para emprender guerras bastardas con  espléndidos beneficios. Sin olvidarnos  de los acuerdos para salvar los bancos y  despenalizar las conductas corruptas, no  sea que alguno de sus protegidos tenga  que ir a la cárcel. 
Bajo esta realidad,  uno no puede extrañarse  del rechazo  de una mayoría social  hacia los políticos de arriba  y, de paso, hacia el ejercicio  mismo de la política. ¡¡Que se  vayan todos!! Ése es el grito de  rabia que muestra el desazón de  la sociedad civil ante la impunidad, el enriquecimiento ilícito y la vida de  lisonjas en la que viven los “actuales  servidores públicos”. Y cuando ello  ocurre: “No es que haya individuos  corrompidos, es que la sociedad, sus élites  y sus instituciones están corrompidas (...)  El gobierno se corrompe por la corrupción,  y cuando hay corrupción en la República, la  corrompida es la República. Hoy diríamos  la democracia. Las consecuencias son  dramáticas, porque ya no basta con aceptar que la  corrupción es un mal endémico de la vida pública,  sino que hay que admitir que es un componente  esencial del funcionamiento democrático”. Así  de claro lo decía José Vidal Beneyto en su obra  póstuma: La corrupción de la democracia. 
El Subcomandante Insurgente Marcos  habla de aportar ideas. La respuesta de don Luis fue  contundente al recalcar dónde se pueden encontrar las  nuevas formas de pensar crítico: “Ahí, en Chiapas,  a partir de antiguas raíces indígenas, sus propias  cosmovisiones y sus particulares maneras de nombrar  el mundo, ustedes han demostrado la posibilidad de  realización de valores incluso opuestos. Mientras en  el capitalismo rige el individualismo (los sacrosantos  derechos individuales) en esta alternativa surge otro  tipo de valores: valores comunitarios que respetan a  la persona en su individualidad y se realizan en una  comunidad. Se manifiesta así, con toda claridad, una  ‘ética del bien común’”. 
No se puede decir mejor y más claro. Por ello,  me sumo a esta idea con el respeto y reconocimiento  al EZLN, por sus aportes a la teoría crítica, la reflexión  democrática y por mantener vivas las banderas de la  dignidad, la justicia social y la utopía de otro mundo  es posible. Ha sido de su pensamiento del cual nos  hemos nutrido, desde su emergencia, para alimentar  las esperanzas de un mundo donde quepan todos los  mundos. La realidad de los Caracoles, los MAREZ  y las Juntas de Buen Gobierno, son, como también  señala Pablo González Casanova, un continuo  aprendizaje de las nuevas formas del pensar y del  actuar donde identificar la revolución del siglo XXI. 
“Apuntes sobre la guerra” y “De la reflexión  crítica, individu@s y colectiv@s” se enmarcan en  una refl exión profunda sobre lo que ocurre en México  y en el mundo. A miles de kilómetros y salvando las  distancias, en España, encuentro enormes similitudes  cuando se describe la realidad de México y la comparo  con la española. Se objetará, en esta afirmación, un  grado de generalidad donde se pierden las diferencias  y se apuesta por la exageración y el tremendismo. 
Pero no es cierto, hay un denominador común entre  estas dos realidades tan disímiles. La descomposición  social, el descrédito de su clase política, la corrupción  y un Estado cada vez más represivo y excluyente. 
Por consiguiente, podemos concluir que, en términos  relativos, padecen los mismos males. 
Las élites empresariales y los capitalistas de  todos los países, no importa el continente, viven en la  opulencia, el despilfarro y gozan de buena salud. No  pelean por una jubilación a los sesenta y cinco años;  por una pensión mínima; por dar de comer a sus hijos;  acceder a los servicios de salud; tener una educación  pública de calidad o un techo bajo el cual vivir. Las  burguesías transnacionales están en otro mundo. No les  importa el sufrimiento de millones de seres humanos  desahuciados por hambre, enfermedades sociales o  sueldos diarios que no superan un dólar. Para ellos, la  vida es una fi esta donde se ufanan de sus privilegios. 
Como sugiere el Subcomandante Insurgente  Marcos, se trata de aportar ideas, fragmentadas como  la realidad, que ayuden a ir “enlazando como una  trenza” nuestro proceso de reflexión crítica. En esta  tarea visualiza, a mi juicio, un enemigo poderoso,  el llamado pensamiento chatarra producido por los  ideólogos del sistema, trasformado en hegemónico  gracias a la acción de los medios de disuasión  masivos. No por casualidad, Raúl Zibechi, en su carta  respuesta al Subcomandante Marcos, se refiere de  esta manera a sus representantes: “los intelectuales  Petrobras —ésos que se hacen financiar sus libros  por multinacionales progresistas y estampan su logo  en la contratapa— […] Su ‘pensamiento crítico’ es  más que curioso: critican el imperialismo del Norte,  como si el del Sur no existiera [...] Pueblos enteros han  sido avasallados por Petrobras, ávida de ganancias... 
Esos intelectuales hablan de pensamiento crítico y de  emancipación, como si no supieran que las empresas  que los financian están manchadas de sangre”. 
Para evitar confusiones y malos entendidos,  criticar no constituye la esencia del pensamiento  crítico. Es necesario separar el polvo de la paja. 
Y como bien señalaba Emile Solá en su carta “Yo  Acuso” en defensa de Dreyfus, sólo en la crítica al  poder y la razón de Estado se reconoce el pensamiento  crítico. En esta afirmación encontramos la línea  divisoria entre el saber institucional edulcorado y las  formas de pensar reflexivo. Tras la Segunda Guerra  Mundial, un pensador radical estadounidense,  Wright Mills, ponía las cosas en su sitio: “La tarea  política del investigador social que acepta los ideales  de libertad y razón es, creo yo, dedicar su trabajo a  cada uno de los tres tipos de hombre que yo distingo  en relación con el poder y la sabiduría. 
“A los que tienen el poder y lo saben, les  imputa grados variables de responsabilidad por las  consecuencias estructurales que descubre por su  trabajo que están decisivamente influidas por sus  decisiones o por sus comisiones. 
“A aquéllos cuyas acciones tienen consecuencias,  pero que parecen no saberlo, les  atribuye lo que ha descubierto acerca de aquellas  consecuencias. Intenta educar y después, de nuevo,  imputa una responsabilidad. 
“A quienes regularmente carecen de tal  poder y cuyo conocimiento se limita a su ambiente  cotidiano, les releva con su trabajo el sentido de las  tendencias y decisiones estructurales en relación con  dicho ambiente y los modos como las inquietudes  personales están conectadas con los problemas  públicos; en el curso de esos esfuerzos, dice lo que  ha descubierto concerniente a las acciones de los  más poderosos. Éstas son sus principales tareas  educativas y son sus principales tareas públicas  cuando habla a grandes auditorios”. 
En este camino, hay que recuperar el  carácter político de la lucha teórica y desenmascarar  el pensamiento autocomplaciente teñido de progresismo  y sumiso al poder, cuya labor es justificar  desde el poder lo que el poder hace. 
Pero el descrédito de la política y la pérdida  de referentes éticos entronca con una percepción  social, ciertamente real, de cómo se ejercen los  cargos públicos de elección popular. Son ciudadanos  privilegiados. Viajan en primera clase, disfrutan  de sueldos vitalicios, se alojan en hoteles de cinco  estrellas, reciben dietas y constituyen un lobby. No  sin causa, la sociedad civil les ve ajenos, cuando  no alejados de las preocupaciones reales, haciendo  oídos sordos a las demandas de transparencia, justicia  social y democracia real. Salvo excepciones, que  siempre las hay, se comportan como seres autistas,  preocupados casi exclusivamente por  no ser desbancados en las siguientes  elecciones. El espíritu de servicio a la  comunidad y el bien común, elementos  que hacen de la política un acto de virtud  ética, se ha desvanecido. En su lugar  aparece un interés mercantil centrado en  la competitividad y la guerra de todos  contra todos. 
Los actuales políticos son meretrices  que se venden al mejor postor. No  tienen escrúpulos, nada les detiene y se  ofrecen para aprobar cualquier proyecto  del cual sacar tajada. Casi siempre  sus interlocutores son banqueros,  empresarios y directivos de las transnacionales. 
Ellos se han convertido  en los verdaderos amos del mundo. 
Desde sus despachos controlan y dictan  órdenes. Son intocables y para mantener  su anonimato, los políticos de arriba les  llaman eufemísticamente el “mercado”. 
Nadie quiere llamarles por sus nombres:  Slim, Gates, Soros, y tantos otros, cuyos  apellidos encontramos en la revista  Forbes. Pero son ellos quienes mandan  señales y mensajes vía medios de  comunicación social, de los cuales son  sus dueños. Como los ventrílocuos y sus  muñecos, ellos prestan su voz para que  52  los políticos de arriba, sus muñecos, que manipulan  a placer, hablen de flexibilizar el mercado laboral, de  ajustar los sueldos a la productividad, de reducir los  derechos sindicales, en suma, de más explotación. 
Incluso, dotan al mercado de vida propia. Si no se le  escucha, acabará deprimido, con estrés y no se podrán  controlar sus movimientos. Mejor obedecerlo, darle  lo que pide, así se sentirá bien y se comportará de  forma menos agresiva. 
Con este discurso ventricular se apela  a un nuevo tipo de democracia, la emergente del  mercado. Una quimera a la que apelan los acólitos  del capitalismo de guerra. No olvidemos que los  mercados, cuando se trata de elecciones, deciden  a quiénes avalan y prestan sus dineros. Millones  de pesos, dólares o euros sirven para financiar  campañas electorales. 
Así, un empresario puede llegar a controlar  gobernadores, presidentes de gobierno y jefes de  Estado. No son pocos los ex-mandatarios que una vez  culminado su periplo por la política formal, se han  convertido en asesores de multinacionales, bancos  y grupos financieros. José María Aznar, Felipe  González y Tony Blair, entre otros, patrocinaron  guerras canallas para mejorar los saldos corrientes  de las empresas de armamentos y el complejo  industrial militar. Por ello han sido recompensados  generosamente. Sus cuentas bancarias han tenido  un sustancioso incremento. Se trata de servir a los  intereses del capital transnacional. En América  Latina, ocurre tres cuartas partes de lo mismo. Estados  Unidos sabe a quiénes recurrir para llevar a cabo su  economía de guerra. Álvaro Uribe en Colombia, Alan  García en Perú, Porfirio Lobo en Honduras, Oscar  Arias en Costa Rica, y, en México, baste mencionar  al actual inquilino en Los Pinos, Felipe Calderón,  sin menospreciar a ninguno de  sus anteriores ocupantes. 
 Las guerras del  capitalismo 
 Hoy, los amos de la guerra, en  su afán por fagocitar el planeta  y hacer de cualquier cosa viva o  muerta, una mercancía, reducen  la praxis política a una gestión  de sus intereses. Todos deben  estar a sus órdenes. Doblegar  la consciencia y producir un  pensamiento sumiso es prioritario  para alcanzar sus fi nes. Como  bien lo dice el Sub, se trata de  legitimar la barbarie e imponer  la guerra de arriba y la muerte  de abajo: “De esta guerra no sólo van a resultar  miles de muertos... y jugosas ganancias económicas. 
También, y sobre todo, va a resultar una nación  destruida, despoblada, rota irremediablemente”. 
En este espacio de guerra descrito con  precisión por el Subcomandante Marcos, hay  ejemplos que no dejan duda. En todos los países de  América Latina, donde los pueblos originarios viven  en regiones apetecidas por el capitalismo de barbarie,  el objetivo de los gobiernos se corresponde con la  idea de aniquilar, destruir, despoblar y reordenar,  con posterioridad, el espacio. Los megaproyectos  hidrográficos en Chile significan el exterminio y  desplazamiento del pueblo Mapuche. Por contra,  su lucha de resistencia habla de la dignidad de un  pueblo que no se deja avasallar pese a la represión  padecida. En Panamá, la explotación de minas  de oro contamina los ríos y desplaza al pueblo Ngóbe de su territorio. En Colombia, los pueblos  originarios del valle del Cauca ven cómo en dos  décadas han asesinado a decenas de sus dirigentes  en pro de las explotaciones de agrocombustibles. En  Brasil, se asiste a un proceso similar: los pueblos del  Amazonas están siendo exterminados para favorecer  la producción de soja, transgénicos y consolidar  el poder de las trasnacionales como Monsanto. Ni  Lula ni hoy su presidenta han revertido la situación  denunciada por el MST. 
Pero no olvidemos, las guerras siempre se han  constituido en un motor para el capitalismo y también  antes del capitalismo. Muchos de los artículos que  consideramos de uso civil han sido primero secreto  militar. Las mochilas, los abrelatas, los microondas,  las cerillas, las telas impermeables, internet, el uso  de la energía atómica o la teoría de sistemas. En  un mundo de guerras, la ética se convierte en algo  superfluo de la cual prescindir. El capitalismo no la  necesita. Es aquí donde el EZLN presenta batalla y  tiene mucho que decir. Su concepción de la guerra es  un punto de inflexión. Muestra un camino a esa paz  perpetua, parafraseando a Kant. 
Igualmente, el advenimiento de la posmodernidad  hace superfluo el ejercicio de la política. 
En el discurso del mercado prima “el sálvese quien  pueda pero yo el primero”. La Trilateral, llamada  internacional del capitalismo, tenía claro cómo  desarticular la ciudadanía política, despolitizar  la sociedad civil y provocar el advenimiento del  consumidor. Un sujeto preocupado en exclusiva  por su yo, sumiso, maleable, sin conciencia  crítica ni capacidad de reflexión. Para tal objetivo  diseñaron un plan tendente a instaurar un sistema  totalitario. Era lo más coherente. Se quitaron la  careta y decidieron actuar en consecuencia. Sus  miembros propusieron, en 1975, la elaboración de  un informe crítico con el capitalismo inclusivo de  bienestar, cuyos pilares eran el pleno empleo, la  redistribución de la renta y la disminución de las  desigualdades sociales. Sus autores fueron Crozier,  Huntington y Watanuki. Atacaron los derechos  sociales, económicos, culturales y criminalizaron las  demandas de participación democrática. Había que  producir una sociedad átona y social-conformista. 
Sin ciudadanos. Por tanto, era obligatorio desactivar  la ciudadanía política. Una nueva filosofía de la  acción copaba el espacio público, el pragmatismo. 
Así comenzó la primera revolución neoliberal y el  retorno del idiota social. 
En conclusión, en estos quinientos años de  historia, el capitalismo nunca ha podido realizar sus  promesas. No importa en qué lugar del planeta se viva. 
En todos los continentes, las desigualdades sociales,  económicas, culturales y étnicas se agudizan. Cada  vez menos ricos y más pobres pueblan la faz de la  tierra. Las lógicas de la explotación, como bien señala  el Subcomandante Marcos, hacen de la guerra un  campo expedito para obtener beneficios, cobrándose  nuevas víctimas. En pro de una economía de mercado,  la guerra es un espléndido negocio. Basta con definir  el escenario y construir estrategias militares acordes  con la identificación del enemigo. Con ello se  justifica la militarización de la sociedad y la lucha  sin cuartel donde ya no basta con la conquista del  territorio. Ahora, como recalca el Subcomandante  Marcos: “las guerras no se conforman con conquistar  un territorio y recibir tributo de la fuerza vencida. 
En la etapa actual del capitalismo es preciso destruir  el territorio conquistado y despoblarlo, es decir,  destruir su tejido social. Hablo de la aniquilación de  todo lo que da cohesión a una sociedad. Pero no se  detiene ahí la guerra de arriba. De manera simultánea  a la destrucción y el despoblamiento, se opera la  reconstrucción de ese territorio y el reordenamiento  de su tejido social, pero ahora con otra lógica, otro  método, otros actores, otro objetivo. En suma, las  guerras imponen una nueva geografía”. 
Luchar contra la guerra total, presentar  batalla en el campo de las ideas y proponer una  alternativa a este capitalismo de barbarie es una  manera de enfrentar el miedo, la parálisis y revertir  el proceso de sumisión al “mercado”. Es tiempo de  resistencia, de dignidad. “Porque, al final, quienes  van a permanecer serán quienes resistieron, quienes  no se vendieron; quienes no se rindieron; quienes no  claudicaron; quienes entendieron que las soluciones  no vienen de arriba, sino se construyen de abajo...”. 
Por ello, concluyo con el encabezado que don Luis  Villoro envía al Subcomandante Insurgente Marcos  para recalcar que la experiencia del EZLN en Chiapas  y para el mundo es “una lección y una esperanza”,  por ello hay que aprender de ella, escuchar y estar  alerta. Son muchos sus enemigos. 

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