Sobre ética y política
Intercambio Epistolar sobre Ética y Política
por Marcos Roitman Rosenmann Rebeldía / La Fogata
Son muchas las razones por las cuales es obligado seguir la correspondencia epistolar entre el Subcomandante Insurgente Marcos y don Luis Villoro. La primera, porque el problema planteado nos atañe a todos.
Desentrañar los vínculos existentes entre capitalismo de guerra, ética y política, se antoja prioritario para explicar las transformaciones del neoliberalismo. No debemos olvidar que la economía de mercado produce y reproduce sus máximas en todos los ámbitos de la vida cotidiana. Me refiero al individualismo, el fraude, el tráfico de influencias, la explotación, el egoísmo o la mentira.
Desentrañar los vínculos existentes entre capitalismo de guerra, ética y política, se antoja prioritario para explicar las transformaciones del neoliberalismo. No debemos olvidar que la economía de mercado produce y reproduce sus máximas en todos los ámbitos de la vida cotidiana. Me refiero al individualismo, el fraude, el tráfico de influencias, la explotación, el egoísmo o la mentira.
Todo ello bien aderezado con una moral corrupta de la cual se nutre y unos medios de comunicación que si no la ensalzan la consienten. En esta lógica, una de sus expresiones más perversas es el asentamiento de una élite política degradada, sin valores éticos, prisionera de las grandes transnacionales. Por consiguiente, en la actualidad, quienes diseñan la agenda de los parlamentos, el poder judicial y el ejecutivo, son los ejecutivos y consejeros de las empresas transnacionales. Así, se aprueban leyes en favor de la deforestación, la privatización de los recursos naturales, la emisión de gases tóxicos y, de paso, se da el visto bueno para emprender guerras bastardas con espléndidos beneficios. Sin olvidarnos de los acuerdos para salvar los bancos y despenalizar las conductas corruptas, no sea que alguno de sus protegidos tenga que ir a la cárcel.
Bajo esta realidad, uno no puede extrañarse del rechazo de una mayoría social hacia los políticos de arriba y, de paso, hacia el ejercicio mismo de la política. ¡¡Que se vayan todos!! Ése es el grito de rabia que muestra el desazón de la sociedad civil ante la impunidad, el enriquecimiento ilícito y la vida de lisonjas en la que viven los “actuales servidores públicos”. Y cuando ello ocurre: “No es que haya individuos corrompidos, es que la sociedad, sus élites y sus instituciones están corrompidas (...) El gobierno se corrompe por la corrupción, y cuando hay corrupción en la República, la corrompida es la República. Hoy diríamos la democracia. Las consecuencias son dramáticas, porque ya no basta con aceptar que la corrupción es un mal endémico de la vida pública, sino que hay que admitir que es un componente esencial del funcionamiento democrático”. Así de claro lo decía José Vidal Beneyto en su obra póstuma: La corrupción de la democracia.
El Subcomandante Insurgente Marcos habla de aportar ideas. La respuesta de don Luis fue contundente al recalcar dónde se pueden encontrar las nuevas formas de pensar crítico: “Ahí, en Chiapas, a partir de antiguas raíces indígenas, sus propias cosmovisiones y sus particulares maneras de nombrar el mundo, ustedes han demostrado la posibilidad de realización de valores incluso opuestos. Mientras en el capitalismo rige el individualismo (los sacrosantos derechos individuales) en esta alternativa surge otro tipo de valores: valores comunitarios que respetan a la persona en su individualidad y se realizan en una comunidad. Se manifiesta así, con toda claridad, una ‘ética del bien común’”.
No se puede decir mejor y más claro. Por ello, me sumo a esta idea con el respeto y reconocimiento al EZLN, por sus aportes a la teoría crítica, la reflexión democrática y por mantener vivas las banderas de la dignidad, la justicia social y la utopía de otro mundo es posible. Ha sido de su pensamiento del cual nos hemos nutrido, desde su emergencia, para alimentar las esperanzas de un mundo donde quepan todos los mundos. La realidad de los Caracoles, los MAREZ y las Juntas de Buen Gobierno, son, como también señala Pablo González Casanova, un continuo aprendizaje de las nuevas formas del pensar y del actuar donde identificar la revolución del siglo XXI.
“Apuntes sobre la guerra” y “De la reflexión crítica, individu@s y colectiv@s” se enmarcan en una refl exión profunda sobre lo que ocurre en México y en el mundo. A miles de kilómetros y salvando las distancias, en España, encuentro enormes similitudes cuando se describe la realidad de México y la comparo con la española. Se objetará, en esta afirmación, un grado de generalidad donde se pierden las diferencias y se apuesta por la exageración y el tremendismo.
Pero no es cierto, hay un denominador común entre estas dos realidades tan disímiles. La descomposición social, el descrédito de su clase política, la corrupción y un Estado cada vez más represivo y excluyente.
Por consiguiente, podemos concluir que, en términos relativos, padecen los mismos males.
Las élites empresariales y los capitalistas de todos los países, no importa el continente, viven en la opulencia, el despilfarro y gozan de buena salud. No pelean por una jubilación a los sesenta y cinco años; por una pensión mínima; por dar de comer a sus hijos; acceder a los servicios de salud; tener una educación pública de calidad o un techo bajo el cual vivir. Las burguesías transnacionales están en otro mundo. No les importa el sufrimiento de millones de seres humanos desahuciados por hambre, enfermedades sociales o sueldos diarios que no superan un dólar. Para ellos, la vida es una fi esta donde se ufanan de sus privilegios.
Como sugiere el Subcomandante Insurgente Marcos, se trata de aportar ideas, fragmentadas como la realidad, que ayuden a ir “enlazando como una trenza” nuestro proceso de reflexión crítica. En esta tarea visualiza, a mi juicio, un enemigo poderoso, el llamado pensamiento chatarra producido por los ideólogos del sistema, trasformado en hegemónico gracias a la acción de los medios de disuasión masivos. No por casualidad, Raúl Zibechi, en su carta respuesta al Subcomandante Marcos, se refiere de esta manera a sus representantes: “los intelectuales Petrobras —ésos que se hacen financiar sus libros por multinacionales progresistas y estampan su logo en la contratapa— […] Su ‘pensamiento crítico’ es más que curioso: critican el imperialismo del Norte, como si el del Sur no existiera [...] Pueblos enteros han sido avasallados por Petrobras, ávida de ganancias...
Esos intelectuales hablan de pensamiento crítico y de emancipación, como si no supieran que las empresas que los financian están manchadas de sangre”.
Para evitar confusiones y malos entendidos, criticar no constituye la esencia del pensamiento crítico. Es necesario separar el polvo de la paja.
Y como bien señalaba Emile Solá en su carta “Yo Acuso” en defensa de Dreyfus, sólo en la crítica al poder y la razón de Estado se reconoce el pensamiento crítico. En esta afirmación encontramos la línea divisoria entre el saber institucional edulcorado y las formas de pensar reflexivo. Tras la Segunda Guerra Mundial, un pensador radical estadounidense, Wright Mills, ponía las cosas en su sitio: “La tarea política del investigador social que acepta los ideales de libertad y razón es, creo yo, dedicar su trabajo a cada uno de los tres tipos de hombre que yo distingo en relación con el poder y la sabiduría.
“A los que tienen el poder y lo saben, les imputa grados variables de responsabilidad por las consecuencias estructurales que descubre por su trabajo que están decisivamente influidas por sus decisiones o por sus comisiones.
“A aquéllos cuyas acciones tienen consecuencias, pero que parecen no saberlo, les atribuye lo que ha descubierto acerca de aquellas consecuencias. Intenta educar y después, de nuevo, imputa una responsabilidad.
“A quienes regularmente carecen de tal poder y cuyo conocimiento se limita a su ambiente cotidiano, les releva con su trabajo el sentido de las tendencias y decisiones estructurales en relación con dicho ambiente y los modos como las inquietudes personales están conectadas con los problemas públicos; en el curso de esos esfuerzos, dice lo que ha descubierto concerniente a las acciones de los más poderosos. Éstas son sus principales tareas educativas y son sus principales tareas públicas cuando habla a grandes auditorios”.
En este camino, hay que recuperar el carácter político de la lucha teórica y desenmascarar el pensamiento autocomplaciente teñido de progresismo y sumiso al poder, cuya labor es justificar desde el poder lo que el poder hace.
Pero el descrédito de la política y la pérdida de referentes éticos entronca con una percepción social, ciertamente real, de cómo se ejercen los cargos públicos de elección popular. Son ciudadanos privilegiados. Viajan en primera clase, disfrutan de sueldos vitalicios, se alojan en hoteles de cinco estrellas, reciben dietas y constituyen un lobby. No sin causa, la sociedad civil les ve ajenos, cuando no alejados de las preocupaciones reales, haciendo oídos sordos a las demandas de transparencia, justicia social y democracia real. Salvo excepciones, que siempre las hay, se comportan como seres autistas, preocupados casi exclusivamente por no ser desbancados en las siguientes elecciones. El espíritu de servicio a la comunidad y el bien común, elementos que hacen de la política un acto de virtud ética, se ha desvanecido. En su lugar aparece un interés mercantil centrado en la competitividad y la guerra de todos contra todos.
Los actuales políticos son meretrices que se venden al mejor postor. No tienen escrúpulos, nada les detiene y se ofrecen para aprobar cualquier proyecto del cual sacar tajada. Casi siempre sus interlocutores son banqueros, empresarios y directivos de las transnacionales.
Ellos se han convertido en los verdaderos amos del mundo.
Desde sus despachos controlan y dictan órdenes. Son intocables y para mantener su anonimato, los políticos de arriba les llaman eufemísticamente el “mercado”.
Nadie quiere llamarles por sus nombres: Slim, Gates, Soros, y tantos otros, cuyos apellidos encontramos en la revista Forbes. Pero son ellos quienes mandan señales y mensajes vía medios de comunicación social, de los cuales son sus dueños. Como los ventrílocuos y sus muñecos, ellos prestan su voz para que 52 los políticos de arriba, sus muñecos, que manipulan a placer, hablen de flexibilizar el mercado laboral, de ajustar los sueldos a la productividad, de reducir los derechos sindicales, en suma, de más explotación.
Incluso, dotan al mercado de vida propia. Si no se le escucha, acabará deprimido, con estrés y no se podrán controlar sus movimientos. Mejor obedecerlo, darle lo que pide, así se sentirá bien y se comportará de forma menos agresiva.
Con este discurso ventricular se apela a un nuevo tipo de democracia, la emergente del mercado. Una quimera a la que apelan los acólitos del capitalismo de guerra. No olvidemos que los mercados, cuando se trata de elecciones, deciden a quiénes avalan y prestan sus dineros. Millones de pesos, dólares o euros sirven para financiar campañas electorales.
Así, un empresario puede llegar a controlar gobernadores, presidentes de gobierno y jefes de Estado. No son pocos los ex-mandatarios que una vez culminado su periplo por la política formal, se han convertido en asesores de multinacionales, bancos y grupos financieros. José María Aznar, Felipe González y Tony Blair, entre otros, patrocinaron guerras canallas para mejorar los saldos corrientes de las empresas de armamentos y el complejo industrial militar. Por ello han sido recompensados generosamente. Sus cuentas bancarias han tenido un sustancioso incremento. Se trata de servir a los intereses del capital transnacional. En América Latina, ocurre tres cuartas partes de lo mismo. Estados Unidos sabe a quiénes recurrir para llevar a cabo su economía de guerra. Álvaro Uribe en Colombia, Alan García en Perú, Porfirio Lobo en Honduras, Oscar Arias en Costa Rica, y, en México, baste mencionar al actual inquilino en Los Pinos, Felipe Calderón, sin menospreciar a ninguno de sus anteriores ocupantes.
Las guerras del capitalismo
Hoy, los amos de la guerra, en su afán por fagocitar el planeta y hacer de cualquier cosa viva o muerta, una mercancía, reducen la praxis política a una gestión de sus intereses. Todos deben estar a sus órdenes. Doblegar la consciencia y producir un pensamiento sumiso es prioritario para alcanzar sus fi nes. Como bien lo dice el Sub, se trata de legitimar la barbarie e imponer la guerra de arriba y la muerte de abajo: “De esta guerra no sólo van a resultar miles de muertos... y jugosas ganancias económicas.
También, y sobre todo, va a resultar una nación destruida, despoblada, rota irremediablemente”.
En este espacio de guerra descrito con precisión por el Subcomandante Marcos, hay ejemplos que no dejan duda. En todos los países de América Latina, donde los pueblos originarios viven en regiones apetecidas por el capitalismo de barbarie, el objetivo de los gobiernos se corresponde con la idea de aniquilar, destruir, despoblar y reordenar, con posterioridad, el espacio. Los megaproyectos hidrográficos en Chile significan el exterminio y desplazamiento del pueblo Mapuche. Por contra, su lucha de resistencia habla de la dignidad de un pueblo que no se deja avasallar pese a la represión padecida. En Panamá, la explotación de minas de oro contamina los ríos y desplaza al pueblo Ngóbe de su territorio. En Colombia, los pueblos originarios del valle del Cauca ven cómo en dos décadas han asesinado a decenas de sus dirigentes en pro de las explotaciones de agrocombustibles. En Brasil, se asiste a un proceso similar: los pueblos del Amazonas están siendo exterminados para favorecer la producción de soja, transgénicos y consolidar el poder de las trasnacionales como Monsanto. Ni Lula ni hoy su presidenta han revertido la situación denunciada por el MST.
Pero no olvidemos, las guerras siempre se han constituido en un motor para el capitalismo y también antes del capitalismo. Muchos de los artículos que consideramos de uso civil han sido primero secreto militar. Las mochilas, los abrelatas, los microondas, las cerillas, las telas impermeables, internet, el uso de la energía atómica o la teoría de sistemas. En un mundo de guerras, la ética se convierte en algo superfluo de la cual prescindir. El capitalismo no la necesita. Es aquí donde el EZLN presenta batalla y tiene mucho que decir. Su concepción de la guerra es un punto de inflexión. Muestra un camino a esa paz perpetua, parafraseando a Kant.
Igualmente, el advenimiento de la posmodernidad hace superfluo el ejercicio de la política.
En el discurso del mercado prima “el sálvese quien pueda pero yo el primero”. La Trilateral, llamada internacional del capitalismo, tenía claro cómo desarticular la ciudadanía política, despolitizar la sociedad civil y provocar el advenimiento del consumidor. Un sujeto preocupado en exclusiva por su yo, sumiso, maleable, sin conciencia crítica ni capacidad de reflexión. Para tal objetivo diseñaron un plan tendente a instaurar un sistema totalitario. Era lo más coherente. Se quitaron la careta y decidieron actuar en consecuencia. Sus miembros propusieron, en 1975, la elaboración de un informe crítico con el capitalismo inclusivo de bienestar, cuyos pilares eran el pleno empleo, la redistribución de la renta y la disminución de las desigualdades sociales. Sus autores fueron Crozier, Huntington y Watanuki. Atacaron los derechos sociales, económicos, culturales y criminalizaron las demandas de participación democrática. Había que producir una sociedad átona y social-conformista.
Sin ciudadanos. Por tanto, era obligatorio desactivar la ciudadanía política. Una nueva filosofía de la acción copaba el espacio público, el pragmatismo.
Así comenzó la primera revolución neoliberal y el retorno del idiota social.
En conclusión, en estos quinientos años de historia, el capitalismo nunca ha podido realizar sus promesas. No importa en qué lugar del planeta se viva.
En todos los continentes, las desigualdades sociales, económicas, culturales y étnicas se agudizan. Cada vez menos ricos y más pobres pueblan la faz de la tierra. Las lógicas de la explotación, como bien señala el Subcomandante Marcos, hacen de la guerra un campo expedito para obtener beneficios, cobrándose nuevas víctimas. En pro de una economía de mercado, la guerra es un espléndido negocio. Basta con definir el escenario y construir estrategias militares acordes con la identificación del enemigo. Con ello se justifica la militarización de la sociedad y la lucha sin cuartel donde ya no basta con la conquista del territorio. Ahora, como recalca el Subcomandante Marcos: “las guerras no se conforman con conquistar un territorio y recibir tributo de la fuerza vencida.
En la etapa actual del capitalismo es preciso destruir el territorio conquistado y despoblarlo, es decir, destruir su tejido social. Hablo de la aniquilación de todo lo que da cohesión a una sociedad. Pero no se detiene ahí la guerra de arriba. De manera simultánea a la destrucción y el despoblamiento, se opera la reconstrucción de ese territorio y el reordenamiento de su tejido social, pero ahora con otra lógica, otro método, otros actores, otro objetivo. En suma, las guerras imponen una nueva geografía”.
Luchar contra la guerra total, presentar batalla en el campo de las ideas y proponer una alternativa a este capitalismo de barbarie es una manera de enfrentar el miedo, la parálisis y revertir el proceso de sumisión al “mercado”. Es tiempo de resistencia, de dignidad. “Porque, al final, quienes van a permanecer serán quienes resistieron, quienes no se vendieron; quienes no se rindieron; quienes no claudicaron; quienes entendieron que las soluciones no vienen de arriba, sino se construyen de abajo...”.
Por ello, concluyo con el encabezado que don Luis Villoro envía al Subcomandante Insurgente Marcos para recalcar que la experiencia del EZLN en Chiapas y para el mundo es “una lección y una esperanza”, por ello hay que aprender de ella, escuchar y estar alerta. Son muchos sus enemigos.
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