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lunes, 21 de marzo de 2011

Las farmacéuticas se dedican a desarrollar medicinas que no curan del todo, sino que cronifican la enfermedad.


El fármaco que cura del todo no es rentable

El Premio Nobel de Medicina de 1993 Richard Roberts, en una entrevista publicada en el diario La Vanguardia, denuncia que las farmacéuticas se dedican a desarrollar medicinas que no curan del todo, sino que cronifican la enfermedad.  

El Premio Nobel de medicina Richard J. Roberts pone de manifiesto que muchas de las enfermedades que hoy son crónicas tienen cura, pero para los laboratorios farmacéuticos no es rentable curarlas del todo, los poderes políticos lo saben, pero los laboratorios compran su silencio financiando sus campañas electorales.

- ¿Qué modelo de investigación le parece más eficaz, el estadounidense o el europeo?
- Es obvio que el estadounidense, en el que toma parte activa el capital privado, es mucho más eficiente. Tómese por ejemplo el espectacular avance de la industria informática, donde es el dinero privado el que financia la investigación básica y aplicada, pero respecto a la industria de la salud... Tengo mis reservas.

- Le escucho.
- La investigación en la salud humana no puede depender tan sólo de su rentabilidad económica. Lo que es bueno para los dividendos de las empresas no siempre es bueno para las personas.

- Explíquese.
- La industria farmacéutica quiere servir a los mercados de capital...

- Como cualquier otra industria.
- Es que no es cualquier otra industria: estamos hablando de nuestra salud y nuestras vidas y las de nuestros hijos y millones de seres humanos.

- Pero si son rentables, investigarán mejor.
- Si sólo piensas en los beneficios, dejas de preocuparte por servir a los seres humanos.

- Por ejemplo...
- He comprobado como en algunos casos los investigadores dependientes de fondos privados hubieran descubierto medicinas muy eficaces que hubieran acabado por completo con una enfermedad...

- ¿Y por qué dejan de investigar?
- Porque las farmacéuticas a menudo no están tan interesadas en curarle a usted como en sacarle dinero, así que esa investigación, de repente, es desviada hacia el descubrimiento de medicinas que no curan del todo, sino que cronifican la enfermedad y le hacen experimentar una mejoría que desaparece cuando deja de tomar el medicamento.

- Es una grave acusación.
- Pues es habitual que las farmacéuticas estén interesadas en líneas de investigación no para curar sino sólo para cronificar dolencias con medicamentos cronificadores mucho más rentables que los que curan del todo y de una vez para siempre. Y no tiene más que seguir el análisis financiero de la industria farmacológica y comprobará lo que digo.

- Hay dividendos que matan.
- Por eso le decía que la salud no puede ser un mercado más ni puede entenderse tan sólo como un medio para ganar dinero. Y por eso creo que el modelo europeo mixto de capital público y privado es menos fácil que propicie ese tipo de abusos.

- ¿Un ejemplo de esos abusos?
- Se han dejado de investigar antibióticos porque son demasiado efectivos y curaban del todo. Como no se han desarrollado nuevos antibióticos, los microorganismos infecciosos se han vuelto resistentes y hoy la tuberculosis, que en mi niñez había sido derrotada, está resurgiendo y ha matado este año pasado a un millón de personas.

- ¿No me habla usted del Tercer Mundo?
- Ése es otro triste capítulo: apenas se investigan las enfermedades tercermundistas, porque los medicamentos que las combatirían no serían rentables. Pero yo le estoy hablando de nuestro Primer Mundo: la medicina que cura del todo no es rentable y por eso no investigan en ella.

- ¿Los políticos no intervienen?
- No se haga ilusiones: en nuestro sistema, los políticos son meros empleados de los grandes capitales, que invierten lo necesario para que salgan elegidos sus chicos, y si no salen, compran a los que son elegidos.

- De todo habrá.
- Al capital sólo le interesa multiplicarse. Casi todos los políticos – y sé de lo que hablo- dependen descaradamente de esas multinacionales farmacéuticas que financian sus campañas. Lo demás son palabras...

sábado, 16 de octubre de 2010

La muerte habla de los 33 mineros chilenos.

HABLA LA MUERTE
Por Ricardo Talesnik
¡Hola, gente viva! No estoy en Twitter pero todo el mundo sabe quién soy. No tengo buena prensa, pero tampoco la busco y mantengo un perfil bajo. Soy consciente de que nadie me quiere. Sin embargo, hoy me largo a escribirles. ¿Por qué? Les cuento: los tenía ahí abajo, a 700 metros, sin aire, agua, alimento ni medicinas. Algo recibían para ir sobreviviendo, pero yo sabía que mi participación era una cuestión de tiempo. A veces me pongo ansiosa y me apuro en ciertas situaciones, pero en general soy buena para esperar. Sé que al final, sea como sea, yo entro en escena. Tampoco me preocupó que les estiraran aún más el momento haciéndoles llegar algunos suministros, estableciendo contactos e instruyéndolos psicológicamente. Tranquila, observaba preparativos que me parecían plata tirada: NASA, ingenieros, planificaciones, entrenamientos, la cápsula, etc. Yo sonreía interiormente mientras me ocupaba de cumplir mi función en el resto del planeta. Me olvidé de apenas 33 mineros sepultados en vida y dependiendo de tareas tecnológicas y humanas de un paisito flaco, debilitado por las catástrofes sísmicas y compartiendo el culo de las Américas con Argentina.
Cuando vi que estaban saliendo por el agujero y todos bastante sanos, no lo podía creer. ¡70 días ahí abajo! ¿De dónde sacaron tanta fuerza? ¿Cómo puede ser que tuvieran tanta fé, tanta confianza? ¿Por qué no se derrumbaron ni enloquecieron? ¿Cómo no se mataron entre ellos? ¿Y todos los que trabajaron desde afuera (me refiero a rescatistas, técnicos, profesionales y operarios) lo hicieron sólo por el dinero? ¿Los abrazos, las miradas, la emoción y la alegría eran para las cámaras? Yo no tengo respuesta. No puedo hablar de milagros ni de azar, casualidad o destino. Y les confieso algo: por mi propia tarea no puedo dejarme llevar por sentimientos ni emociones. Debo ser fría y no conmoverme ante situación alguna. En los últimos años fui testigo de muchos acontecimientos que conmovieron a los seres humanos. Debo admitir que reconocí solidaridades y entregas sinceras. En la vida corriente existen millones de verdaderos héroes anónimos que jamás son reconocidos ni entrevistados, gente sin cara ni voz. El mundo está lleno de injusticias que no me afectan debido a mi oficio. Sin embargo, esta vez me pasó algo raro, distinto. No lo puedo explicar. Llegó la cápsula con el último minero y casi-casi me emociono. ¡Sin darme cuenta, estaba sonriendo! ¡Me habían derrotado, me ganaron el partido y yo tenía ganas de intercambiar camisetas con ellos y gritar Chi-chi-chi, le-le-le!