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miércoles, 20 de octubre de 2010

Malvinas:Historia y despues.

Nicolás Kasanzew: “El pueblo llevó a los militares a la guerra por Malvinas”

La guerra de Malvinas tiene su propio peso histórico que se va a imponer cuando ceda la basura ideológica que está embarrando la cancha. Hoy a las Fuerzas Armadas no se les permite ni existir, es mala palabra todo lo que tiene que ver con ellas cuando en cualquier país normal existen y son respetadas.

Por Graciela Esnaola


Nicolás Kasanzew, único periodista argentino que estuvo en las islas Malvinas los 74 días que duró la guerra, en abril de 1982, está en Salta, adonde vino invitado por la Asociación de Veteranos de la Guerra de Malvinas y los gobiernos provincial y municipal, para presentar su último libro “Malvinas por siempre argentinas”. Reside en Miami (EE UU), donde trabaja en la TV de habla hispana. Nació el 31 de mayo de 1948 en Salzburgo, Austria, y llegó a la Argentina cuando tenía 5 meses.

¿Qué recuerda del momento que pisó el suelo de las islas?
Una gran emoción porque yo, y creo que la inmensa mayoría de los argentinos, habíamos soñado durante toda la vida. Era un sueño hecho realidad. Después bastante rápido me di cuenta de que esto estaba hecho como un amague... Los militares argentinos no querían ir a la guerra, querían hacer un amague y retirarse, pero les salió mal porque el pueblo argentino no les dio posibilidades de retroceder. Yo hablé con el sobrino del entonces ministro de Defensa, Amadeo Frúgoli, y me contó que cuando Leopoldo Galtieri se dio cuenta de que Estados Unidos no iba a permanecer neutral, dijo que sacaría las tropas de las islas, a lo que Frúgoli le contestó: “Si sacamos las tropas de las islas ahora, la gente nos cuelga en Plaza de Mayo”. La gente había plebiscitado la guerra y todos los políticos apoyaron la ocupación de las Malvinas. Hasta un grupo de Montoneros se ofreció como voluntario. Inclusive, hubo una operación militar que fracasó, que era ir a dinamitar buques ingleses a Gibraltar, que se conformó por marinos y montoneros, uno de ellos experto en explosivos. Malvinas fue una causa nacional y no la loca aventura de un general borracho, como nos lo quieren vender aquellos que quieren que la Argentina nunca levante cabeza. A Galtieri lo pescaron con un vaso de whisky en la mano un par de veces, le sacaron varias fotos, él tenía una voz aguardentosa que se prestaba a confusión. Yo hice una pequeña investigación y puedo decir que Galtieri no era alcohólico. Pero lo que importa no es eso, lo que importa es si condujo bien o no la guerra. Y claro que no la condujo bien, pero nadie lo juzga por eso, se insiste con el vaso en la mano.

¿Cómo se relaciona esto con la desmalvinización?
La desmalvinización no es otra cosa que lo que dijo Winston Churchil III, el 22 de junio de 1982, una vez terminada la guerra: “Hay que revolcar a los argentinos en el fango de la humillación”. Y nos estamos revolcando en el fango de la humillación hasta el día de hoy. Seguimos los designios de los políticos ingleses apoyados por los cipayos de nuestro país. Y esto ya tiene 28 años. Esta es una gran mentira histórica y una gran injusticia que fueron a pelear por la patria, no por una loca aventura.

¿Se puede dar vuelta esta historia?
Si no lo hacemos vamos a desaparecer como nación.

Es grave lo que dice...
Mirá, los países que no quieren tener Fuerzas Armadas (el brazo armado del pueblo), los países que se desarman, desaparecen como nación. Argentina tiene reservas acuíferas, territoriales, petrolíferas, tenemos vecinos que están armándose hasta los dientes y nosotros no tenemos Fuerzas Armadas. Entre muchísimas otras cosas que nos daría la reivindicación de la Guerra de Malvinas, que no es otra cosa que contar la verdadera historia con sus claros y sus oscuros, sería volver a existir como Nación porque no puede ser que no tengamos Fuerzas Armadas. Y esto no es belicismo sino necesario para preservar la paz. Porque tener un poderoso ejército disuasorio, honrado por la población y a los héroes que caminan entre nosotros antes de que se mueran, es una cuestión de justicia.

¿Cómo analiza la relación Malvinas-Proceso militar?
Primero, Malvinas no empieza en 1982 sino que hay 150 años de brega de los argentinos por recuperarlas. Segundo, ante una provocación de Margaret Thatcher, que manda sus buques de guerra a las islas Georgias, lo que hace el Gobierno del Proceso es pisar el palito e idear un amague que no pudo ser. Ese 2 de abril el pueblo invadió las plazas del país y en los videos de la época se escucha y se ve claramente que cuando Galtieri decía: “Yo, presidente de los argentinos”, era silbado, y cuando decía “les daremos batalla”, era ovacionado. La gente estaba plebiscitando la reconquista de Malvinas, haciendo una clara diferencia entre el gobierno de turno y la causa nacional de hacía 150 años. Los argentinos hubieran ido a la plaza con Isabelita, con Alfonsín, con el que se hubiera decidido a hacerlo. Hay fotos de esa manifestación donde se ven pancartas que dicen “Malvinas sí, Proceso no”. Este apoyo siguió durante todo el Proceso y terminó el 14 de junio en la rendición de Menéndez, en una explosión de frustración y bronca que la gente va de nuevo a Plaza de Mayo para protestar contra la rendición y nuevamente es apaleada por la policía del Proceso. Además, el Proceso llevó a cabo una guerra sucia, desatada por el marxismo, pero sucia, y por tanto inaceptable. Malvinas, en cambio, fue una guerra limpia, los nuestros rescataban a los ingleses, los ingleses a los nuestros, había códigos...

¿Cómo recuerda su tarea periodística? Usted fue una de las caras más visibles del periodismo durante la guerra de Malvinas, junto a Gómez Fuentes en ATC (actual Canal 7).
El estaba en el continente, nada que ver.

¿Bueno, qué recuerda Ud. que fue el único periodista que estuvo en las islas durante toda la guerra?
Para mí es un honor haber estado, aunque el secretario y el subsecretario de Cultura del gobierno de Raúl Alfonsín, Carlos Gorostiza y Marcos Aguinis, respectivamente, me dijeron de frente que yo no tenía derechos a trabajar porque era “la cara de Malvinas”; no se daban cuenta de que para mí es un honor hasta demasiado grande. Para mí la guerra de Malvinas son los veteranos, son nuestros héroes. Ellos usan lo de “la cara de Malvinas” como si fuera un insulto, cuando para mí es un honor haber estado allí.

¿Y sobre la información que mandaba qué tiene para decir?
Tengo la conciencia muy tranquila porque yo no desinformé ni mentí. Yo puedo probar eso. La desinformación triunfalista nacía y se propagaba desde el continente. La prueba mía es que el 90 por ciento de lo que mi camarógrafo y yo mandábamos nunca se puso en el aire; evidentemente, ese material no era funcional a la censura militar. Cuando volvimos, nuestros compañeros nos contaron que todo eso fue destruido.

¿Cómo salía el material de ustedes de las islas?
Había varias censuras. Yo tenía un censor en las islas que me impedía firmar tal o cual cosa y me hacía borrar otras, bajo amenaza de corte marcial. Porque un corresponsal de guerra está sometido al poder militar. Otra censura estaba en Comodoro Rivadavia, y la última en ATC, donde el Ejército hacía la última y definitiva censura. En definitiva, no quedaba casi nada. En parte, creo que puede deberse a que yo había desobedecido una orden para no filmar conscriptos “para que no vean que son bisoños”, si todo el país sabía que eran bisoños. Yo me negué a cumplir esa orden, primero, por ética periodística y, segundo, porque los soldados se ponían muy contentos cuando los filmábamos porque era la esperanza de que los pudieran ver en sus casas. Por ejemplo, la familia de Emilio (López, presidente de la Asociación de Ex Combatientes de Salta) lo vio en una de esas tomas que se emitieron.

Sin embargo, usted pudo conservar fotos que tomó con su propia cámara.
Yo sacaba con mi cámara cosas de la vida cotidiana de los soldados. Después de que hicieron desaparecer 7 rollos, logré guardar algunas diapositivas. Cuando se cumplieron 25 años del fin del conflicto, sufrí un nuevo ataque, esta vez desde el gobierno kirchnerista, a través de Gabriela Cerrutti y María Wembe, secretaria y subsecretaria de Derechos Humanos. Dijeron que yo era periodista de la dictadura, que había engañado al pueblo argentino, me quitaron la pensión otorgada por el Congreso Nacional a los civiles que participamos de la guerra. Desafié a Cerrutti a que encontrara una mentira mía en el archivo de ATC, por supuesto que no la encontró. En resumen, con altibajos, a mí me vienen persiguiendo desde hace 27 o 28 años por haber estado en Malvinas. Pero bueno, es un precio que estoy dispuesto a pagar porque nadie me quita el honor de haber estado allá, codo a codo con los soldados.

¿Por qué esta persecución de tantos años?
Yo soy un testigo incómodo. Cada cual estaba en su trinchera, pero yo andaba por donde podía y me dejaban, y eso me permitía una visión global, ser independiente, nunca pertenecí a las Fuerzas Armadas, nunca he sido de ningún servicio. Mi versión incomoda porque es políticamente incorrecta, completamente distinta, que se ha establecido como dogma, como pensamiento único sobre Malvinas en la Argentina.

¿Cree que en algún momento llegará el reconocimiento a los que pelearon en Malvinas?
La guerra de Malvinas tiene su propio peso histórico que se va a imponer cuando ceda la basura ideológica que está embarrando la cancha. Hoy a las Fuerzas Armadas no se les permite ni existir, es mala palabra todo lo que tiene que ver con ellas cuando en cualquier país normal existen y son respetadas. Así como nosotros tuvimos al Sargento Cabral, al Negro Falucho, ahora tenemos héroes caminando entre nosotros y mañana serán los héroes que inspiren a las futuras generaciones. Creo que el reconocimiento va a llegar algún día, no sé si lo vamos a ver nosotros...

¿Cómo era Mario B. Menéndez?
Un pusilánime, un tipo que no quería combatir, un tipo que nunca dio una orden de ataque ni de contraataque, uno de los muchos (por no decir todos) los generales argentinos que demostraron que para ellos el “O juremos con gloria morir” del Himno Nacional es un sonido hueco.

“En todas las guerras de la historia de la humanidad pelearon chicos de 18 y hasta de 16 años. Los ingleses mismos tenían soldados de 16 años”.
“Sí teníamos armamento deficiente, pero también teníamos los Roland (artillería misilística), que en ese momento tenía el ejército suizo”.
“Los borceguíes de los soldados argentinos eran codiciados y eran el botín preferido de los ingleses; los de ellos se despegaban por el agua”.
“En la guerra hubo de todo, pero el Proceso trató de tapar las miserias y los gobiernos desmalvinizadores tratan de tapar las grandezas”.

El Tribuno

martes, 12 de octubre de 2010

Vargas LLosa divide las aguas.

Un librepensador frente al rebaño

Para izquierdistas y los muchos que propenden a compartir sus prejuicios rencorosos, Vargas Llosa es un desertor que se vendió al enemigo, de ahí la indignación que han sentido al enterarse de que los muy progresistas académicos escandinavos acaban de galardonarlo.

Por James Neilson


Todos sabemos que en su juventud Mario Vargas Llosa era un izquierdista fogoso, partidario de la revolución cubana y muchas otras cosas buenas, pero que, con el paso de los años, se transformó en un derechista de ideas francamente liberales, razón por la que quienes anteponen la corrección ideológica al talento literario se sienten sumamente defraudados por la decisión de los académicos suecos de darle el Premio Nobel. A juicio de algunos, la presunta evolución política del novelista y ensayista peruano es motivo suficiente como para condenarlo a una eternidad en el gélido noveno círculo del infierno de Dante donde, acompañados por Judas, pudren los traidores; otros, si bien están convencidos de que es natural que, al madurar, un hombre inteligente se vuelva más conservador y no pensarían en criticar a Vargas Llosa por haber cambiado de opinión acerca de las bondades del castrismo, coinciden en que, luego de haber militado en la izquierda, se deslizó hacia la derecha, del mapa ideológico.

¿Cambió tanto Vargas Llosa? La verdad es que no. Por cierto, no cambió tanto como la izquierda, mejor dicho, la idea que tienen quienes se suponen de izquierda de lo que hay que creer para ser progresista en el mundo desconcertante de las décadas últimas. Como muchos otros jóvenes de la segunda mitad del siglo pasado, Vargas Llosa se opuso con pasión a dictaduras calificadas de derechistas, a los enemigos de la libertad de expresión y a sistemas económicos que a su entender mantenían a millones en la pobreza extrema, sin querer reconocer que, en realidad, las dictaduras presuntamente izquierdistas eran manifestaciones del mismo mal, pero a diferencia de la mayoría de sus congéneres, andando el tiempo de dio cuenta de que se trataba de una ilusión siniestra. Al sentirse obligado a optar entre ser fiel a sus propios ideales y la lealtad hacia la comunidad conformada por quienes se negaban a denunciar los crímenes perpetuados por los que a pesar de todo juraban estar comprometidos con valores progresistas, Vargas Llosa se aferró a lo que siempre había creído.

Después de la cruenta revolución rusa, la izquierda se dividió en dos partes. La parte democrática se aferró a sus principios, negándose a permitirse engañar por la retórica tendenciosa de los totalitarios bolcheviques y sus simpatizantes que daban a entender que su supuesto amor por el género humano en el conjunto y su igualmente cuestionable voluntad de construir un orden más justo les habían conferido el derecho a llevar a cabo matanzas indiscriminadas de "enemigos clasistas", además de encarcelar, torturar y después "liquidar" a intelectuales disidentes y camaradas caídos en desgracia por haber ofendido a Stalin. Desde el punto de vista de la izquierda totalitaria, tal detalles eran meramente anecdóticos: siguió reivindicando la brutalidad extraordinaria de regímenes que se proclamaban revolucionarios aun cuando tanto la metodología aberrante que habían hecho suya como las consecuencias concretas de sus "experimentos" eran idénticas a aquellas de sus equivalentes derechistas.

Lo llamativo no es que Vargas Llosa llegara pronto a la conclusión de que es hipócrita protestar con vehemencia contra los crímenes cometidos por algunos regímenes y tratar las atrocidades perpetradas por otros como si a lo sumo se tratara de errores comprensibles, cuando no de medidas justificadas, es que en América Latina tan pocos lo hayan acompañado. También debería motivar extrañeza el que tantos intelectuales latinoamericanos, españoles y franceses se hayan afirmado escandalizados por la adhesión de Mario Vargas Llosa a una versión muy moderada, más socialdemócrata que "derechista", del capitalismo liberal, por ser cuestión del único esquema económico que ha servido para que la mayoría de los habitantes de los países desarrollados haya podido disfrutar de un estándar de vida tolerable.

Claro, es más emocionante sentirse en guerra contra un mundo tan horriblemente injusto que hay que repudiarlo por completo de lo que es asumir una postura pragmática, manifestándose a favor de arreglos que a juzgar por la experiencia podrían contribuir a mejorar las perspectivas frente a quienes viven en países pobres, pero dista de ser atractiva la complacencia para consigo mismos que es una de las características más notables de "los intelectuales de izquierda" que hoy en día atacan a Vargas Llosa por haberlos abandonado, como un par de décadas atrás se ensañaron por motivos similares con otro Premio Nobel de Literatura latinoamericano, Octavio Paz.

Para los congénitamente disconformes con el mundo tal y como es, las décadas últimas han sido a un tiempo aleccionadoras y crueles. La "alternativa" comunista resultó ser una ilusión monstruosa, un dios despiadado en aras del cual se inmolaron decenas de millones de hombres, mujeres y niños, con resultados materiales que ni siquiera llegaron a ser mediocres. Una vez recuperados del golpe a su autoestima, algunos revolucionarios reanudarían la batalla contra "el capitalismo" afiliándose a movimientos ecológicos o, en el caso de los relativamente moderados, participando de protestas contra el ajuste "neoliberal" de turno, mientras que otros harían causa común con los islamistas más fanatizados, pasando por alto el hecho evidente de que sea casi imposible concebir una causa más retrógrada que la de guerreros santos que están resueltos a volver el reloj trece siglos atrás.

Para tales izquierdistas y los muchos que, sin ir tan lejos, propenden a compartir sus prejuicios rencorosos, Vargas Llosa es un desertor que se vendió al enemigo, de ahí la indignación que han sentido al enterarse de que los muy progresistas académicos escandinavos acaban de galardonarlo. Puede que a esta altura la hostilidad que sienten hacia él los integrantes de lo que Harold Rosenberg llamaba "el rebaño de mentes independientes" no preocupe demasiado al gran escritor peruano, pero para los interesados en el futuro del mundo actual, el que tantos intelectuales se resistan a darle el lugar que merece en la pequeña elite de progresistas auténticos sí es inquietante por tratarse de un síntoma, uno más, del mal que está corroyendo las entrañas de una civilización que, al perder confianza en sí misma y en los valores que la hicieron posible, corre peligro de terminar depositada, al lado de tantas otras, en el basural de la historia.

miércoles, 6 de octubre de 2010

Uruguay, el general Fernandez, los dichos y los hechos.

URUGUAY
A PROPOSITO DE LO DICHO POR EL GENERAL (R) FERNANDEZ
Por Jorge Majfud
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El discurso del presidente del Centro Militar del Uruguay, Manuel Fernández, se enmarca en los reclamos presupuestarios de las Fuerzas Armadas uruguayas, uno de los presupuestos más altos del mundo en términos porcentuales referidos a su población.Según Fernández, en la sociedad uruguaya de hoy "existen como nunca profundas diferencias filosóficas, ideológicas y políticas". Cuando el general estaba en ejercicio del deber durante la dictadura militar, no había tantas diferencias. De hecho, los que pensaban y sentían diferente no podían hablar o desaparecían, razón por la cual se entendía que entonces no existían diferencias, ni profundas ni de ningún tipo.Pero como una mentalidad maniquea solo puede ver las cosas de un lado o del otro de una línea arbitraria que alguien con voz firme y pulso tembloroso trazó en el suelo separando así el Bien del Mal, entonces esas diferencias que en cualquier sociedad humanizada significan diversidad, automáticamente se convierten en "la población dividida en dos bandos netamente diferenciados". Como en las prácticas militares donde siempre hay un enemigo imaginario "netamente diferenciado" del otro lado de la trinchera o de la muralla, se avanza con un tambor y al ritmo de un discurso repetido, un panfleto para niños de escuela (uno de aquellos que consumíamos a diario en mi escuela primaria, durante la dictadura) que se confunde con lectura filosófica cuando no sagrada.Según el retirado, desde 2005 "el 50,1 por ciento de la población está de un lado y el 49,9 por ciento del otro". Lo que es otra forma de decir que su pensamiento "netamente definido" representa a la casi-mitad del país sin poder político. Lo cual no deja de ser un progreso si recordamos que en los años 80 y 90 los presidentes conservadores eran electos por menos de un tercio. Incluso eran electos con mucho menos votos que el perdedor. Por no hablar de los presidentes de la dictadura militar, que eran elegidos por un puñado de elegidos.Refiriéndose al actual gobierno del ex tupamaro José Mujica, el retirado denunció que "a partir de marzo del 2005 las reglas de juego cambiaron al acceder legítimamente al gobierno una coalición de mayoría marxista-leninista".¿Todavía algunos militares tienen problemas con la legitimidad? ¿Qué reglas cambiaron? ¿El anterior gobierno democrático no era legítimo o no es legítimo cambiar? ¿La legitimidad del actual presidente de Uruguay es tan incómoda como lo era la legitimidad del gobierno democrático de Salvador Allende?Obviamente quien cambió fue el presidente Mujica. No el retirado Fernández. Su gobierno es legítimo, entre otras cosas, porque renunció al "honor de las armas" al que son tan afectos algunos militares de la vieja guardia. Algunos de sus "enemigos" han experimentado eso como una bofetada de la historia y son psicológicamente incapaces de superarlo.Obviamente, de marxista-leninista el Presidente solo tiene los instrumentos de crítica y análisis ya que no la practica, que se basa en las reglas del mercado de una forma más liberal que en el mismo modelo militar de los 70 y 80. Lo de Mujica, en todo caso, es Revolución sin R, lo cual con suerte puede ser sinónimo de progresismo. De madurez para unos, de traición para otros. Para mí, el poder hace soberbios a unos y humildes a otros. Creo que este último es el caso de un guerrillero que asumió sus errores y mal o bien trata de ser inclusivo sin creerse ingenuamente, como Lula en Brasil, el artífice del progreso de un país. La mención al marxismo tiene el tono setentista del cliché multipropósito que servía para cualquier caza de brujas. Según el retirado, quienes hoy dirigen las Fuerzas Armadas son "civiles enemigos". Su estructura mental le impide ir más allá de las dimensiones de su formación. En una democracia, normalmente la mayoría de la población es civil y se suelen elegir civiles para dirigir una institución que está al servicio del país y no al revés. Aun si un país decidiera eliminar las fuerzas armadas, lo cual no es el caso de Uruguay, la población estaría en su derecho. La existencia de cualquier institución pública está condicionada a los intereses de un pueblo.Ni Dios las creó ni las fuerzas armadas crearon al país.El General Artigas era un militar de profesión (subversivo, está de más decir) pero no sus montoneros. Y todas o casi todas las ideas que fundaron nuestros países del Sur, "nuestras tradiciones" procedieron del extranjero, de la Europa humanista y de los Estados Unidos revolucionarios. No las recogimos de un pitanguero y lamentablemente nuestros fundadores fueron, en casos, muy heroicos pero no nos dejaron ideas muy originales.Desde entonces, el país se ha mantenido por el esfuerzo diario de sus trabajadores y de sus innovadores. No vamos a excluir a las fuerzas armadas si realmente cumplen con una función. Pero el Ejército, desde la vieja derecha, asume posiciones sectarias como algunos gremios, desde la vieja izquierda, que se creen la esencia de un pueblo, de un país sin los cuales no podría existir.Tampoco la supuesta "disolución de las Fuerzas Armadas" es de "puro cuño leninista". Tendrá el general retirado que invertir mejor sus horas de largo ocio para repasar la historia militar, sobre todo la historia de los movimientos antimilitaristas. Podrá encontrar a Albert Einstein diciendo que el ejército es una de las peores enfermedades que creó la humanidad, pero nunca a un Stalin.Según Fernández, las Fuerzas Armadas "son la última frontera de la nación. De los principios que sostienen la Patria". ¿Las Fuerzas Armadas contienen y definen una nación o es al revés? Podemos tener una nación sin país, pero ¿podemos tener un ejército nacional sin nación? "Los principios que sostienen la Patria", ¿incluían en los 70 y 80 el secuestro, la tortura, la desaparición, la propaganda y el terrorismo de Estado? ¿Incluía todo eso "nuestras tradiciones" y "el mandato histórico", con todo el énfasis que usted le pone?¿De qué "patria" estamos hablando? ¿Por qué esa repetida falacia de los ejércitos como reserva mortal, sostén de la nación y una plétora de otros ideoléxicos arraigados por repetición?¿No tiene el sindicato de panaderos el mismo derecho? "Panaderos y lecheros, la ultima frontera de la nación. Panaderos y lecheros, vanguardia de la patria". ¿Por qué no? Al menos gracias a ellos comemos todos los días. ¿Y los médicos, los limpiadores de calles, los choferes de autobuses, los científicos, las amas y amos de casa?En la Edad Media los nobles inventaban guerras para mantener su honor (de ahí la palabra "nobleza") y juntaban grupos de a miles de campesinos y trabajadores (de ahí "milicia") ya que el trabajo y la producción estaban en manos del vulgo (de ahí "vulgares") y deshonraba a quien necesitaba de él para sobrevivir. En tiempos de paz, el vulgar trabajaba y el noble descansaba. En tiempos de guerra, el noble se ennoblecía y el habitante de las villas se hacia villano, como los peones defendiendo a la aristocracia en el ajedrez, morían al frente, sin honor.Desde entonces algunas cosas han cambiado. Otras no tanto. Un país pobre suele tener instituciones pobres. La educación, la salud y la defensa suelen ser pobres. Para salir de su pobreza económica y mental se acepta que un país pobre llegue a tener una educación y una salud rica. Sería una curiosidad sostener que un país pobre debería tener un ejército rico para salir de su pobreza. Sería necio, insensato. Pero en países necios, insensatos, esa es la regla.