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jueves, 14 de abril de 2011

Malvinas usurpadas.


Usurpación de las Islas Malvinas

Islas Malvinas (Argentina)
Islas Malvinas (Argentina)

El 6 de noviembre de 1820 David Jewett, comandante de la “Heroína”, tomó posesión de las Islas Malvinas en nombre del gobierno de las Provincias Unidas de Sudamérica, y puso el hecho en conocimiento público mediante una circular. (1) Disuelta la unidad nacional, la provincia de Buenos Aires otorgó en 1823 a Jorge Pacheco el usufructo de la isla Soledad o Malvina del Este.  El mismo año designó al capitán de milicias Pablo Areguatí comandante de las islas. (2)  En 1828 concedió a Luis Vernet –que había sido el promotor de estas gestiones y era socio de Pacheco- “todos los terrenos que en la isla de la Soledad  resultaren vacos”, con ciertas excepciones y bajo el compromiso de establecer allí una colonia que gozaría del derecho de pesca en todo el archipiélago. (3)  Y el 10 de junio de 1829, por último, el gobierno de Buenos Aires, presidido entonces por Martín Rodríguez, expedía el decreto disponiendo que “las islas Malvinas, serán regidas por un comandante político y militar”, el cual debía residir en la isla de la Soledad y cuidar en esas costas “la ejecución de los reglamentos sobre pesca de anfibios”. (4)

Los fundamentos de este decreto expresaban que España había tenido la posesión material de esas islas, “Hallándose justificada aquella posesión por el derecho de primer ocupante, por el consentimiento de las principales potencias marítimas de Europa, y por la adyacencia de estas islas al continente que formaba el virreinato de Buenos Aires, de cuyo gobierno dependían.  Por esta razón, habiendo entrado el gobierno de la República en la sucesión de todos los derechos que tenía sobre estas provincias la antigua metrópoli, y de que gozaban sus virreyes, ha seguido ejerciendo actos de dominio en dichas islas, sus puertos y costas”.

Entretanto, la empresa dirigida por Luis Vernet, nombrado gobernador el mismo día, había iniciado la colonización de las Malvinas.  Varias expediciones llegaron al archipiélago hasta que Vernet se instaló allí en julio de 1829 y –no sin superar enormes dificultades- logró asentar una población de un centenar de personas. (5)

No hemos de detenernos en recordar el desarrollo y las vicisitudes del establecimiento formado por Vernet con autorización del gobierno argentino.  Nos interesa más especialmente destacar el proceso que condujo a la usurpación inglesa.

Al conocer el decreto del 10 de junio de 1829, el encargado de negocios de Gran Bretaña, Woodbine Parish, lo comunicó a su gobierno recordando los antecedentes del asunto y los títulos que a su juicio tenía Inglaterra.  A los pocos meses, debidamente autorizado, presentó al ministro de Negocios Extranjeros Tomás Guido una nota en la cual sostenía “los derechos de soberanía de S. M. B. sobre las islas.  Estos derechos –continuaba diciendo la nota- fundados en el primer descubrimiento y subsiguiente ocupación de dichas islas, fueron sancionados por la restauración del establecimiento británico por S. M. C. en el año 1771….  El retiro de las fuerzas de S. M. en el año 1774 no puede considerarse como una renuncia a los justos derechos de S. M.”.

La nota concluía protestando formalmente contra las pretensiones argentinas y contra todo acto que perjudicara los “derechos de Soberanía que hasta ahora ha ejercitado la corona de Gran Bretaña”. (6)

Pero lo que esa nota calla cuidadosamente es la ocupación simultánea hasta 1774 y exclusiva de España desde entonces, los tratados de 1670 en adelante, y sobre todo el convenio de 1790 que cerró las costas del Atlántico sud a toda instalación inglesa.  L anota de Parish –elaborada en Londres- vale más por lo que no dice que por su contenido expreso, y debe juzgarse más por esa ocultación deliberada de circunstancias y de razones que por su osadía manifiesta en pretender una soberanía sin título alguno y una posesión carente de efectividad.

Sostener que Inglaterra había ejercido “hasta ahora” esos derechos, después de 55 años de abandono y de silencio, era una adulteración tan manifiesta de la verdad que sólo podía considerarse una burda ironía, apoyada en la fuerza del imperio más poderoso del mundo en aquel entonces.

Pero debe recordarse que pocos años antes de esa protesta, el 2 de febrero de 1825, Inglaterra había firmado con la Argentina el tratado de amistad y comercio mediante el cual reconoció la independencia de la nueva nación y, naturalmente, la existencia de un ámbito territorial propio de ella.  Dentro de ese territorio estaban las Malvinas, de las cuales había tomado posesión en 1820, y ejercido otros actos de soberanía incluyendo el nombramiento y la instalación de autoridades.

La nota de Parish fue contestada de inmediato por el ministro Guido prometiendo estudiar la reclamación. (7)  Pero el gobierno argentino, urgido por otros asuntos, no alcanzó a responder ni Parish insistió en conseguir una respuesta que iba a ser necesariamente negativa, puesto que los hechos señalaban la inequívoca voluntad de mantener la colonia ya fundada por Vernet.

El gobernador de las Malvinas, en efecto, seguía ejerciendo su cargo y haciendo progresar el establecimiento de Puerto Soledad: Cansado de ver que los balleneros destruían los recursos naturales de las islas, y dispuesto a imponer su autoridad, en agosto de 1831 arrestó a tres buques norteamericanos.  En uno de ellos, el “Harriet”, volvió a Buenos Aires para someterlo al tribunal de presas.  Intervino entonces el cónsul de los Estados Unidos, George W. Slacum, quien desconoció el derecho argentino a reglamentar la pesca en las Malvinas y logró convencer al comandante de la corbeta “Lexington” que debía defender con energía los intereses de los pescadores de su nación.  Ese barco, al mando de Silas Duncan, se dirigió inmediatamente a Puerto Soledad, a donde llegó el 28 de diciembre de 1831 enarbolando bandera francesa.  Sólo después de anclar levantó su propio pabellón, e inmediatamente Duncan se dedicó a destruir cuantos bienes existían en el establecimiento, trayendo presos a los principales pobladores. (8)

Este acto de piratería, sin justificativo alguno y llevado a cabo de la manera más violenta y abusiva, provocó la protesta y las reclamaciones del gobierno argentino.  Los Estados Unidos, sin embargo, no quisieron reconocer su error.  Y aunque esas protestas fueron renovadas en 1841 y en 1884, nunca se dieron las debidas satisfacciones ni la indemnización correspondiente a los daños ocasionados.  No puede dejarse de recordar, con relación a este episodio, que si bien el gobierno norteamericano no quiso admitir los argumentos argentinos, la Corte Federal de Massachusetts resolvió que los actos de Silas Duncan eran ilegítimos.  En un litigio en el cual se había invocado el incidente de la “Lexington”, esa corte resolvió “that such officer had no right, without express direction from his Government, to enter the territoriality of a country in peace with the United States and seize property found there, claimed by citizens of the United States”. (9)
Las Malvinas volvieron entonces a adquirir notoriedad internacional.  Ya hacía tres años que el gobierno inglés les dedicaba una creciente atención, estimulada por los informes de Parish y por quienes sostenían la necesidad de contar con un puerto de escala en la ruta a Australia, cuya colonización estaba entonces en pleno desarrollo. (10)  Pero el gabinete británico no se animaba a tomar una decisión sin fundamento, y se limitó a presentar la nota de Parish.  Sin embargo, este último llegó de regreso a Londres a principios de 1832, con la noticia del atropello norteamericano y de que ya no existían autoridades argentinas en las islas.  Estas razones, y tal vez la creencia de que los Estados Unidos podrían intentar su ocupación, decidieron el envío de una pequeña flotilla.

El capitán John James Onslow, al mando de la corbeta “Clío”, recibió instrucciones de dirigirse a Port Egmont y de restablecer allí el fuerte abandonado en 1774.  En caso de encontrar fuerzas extranjeras inferiores a las suyas debía desalojarlas, empleando la violencia en caso necesario.  Pero si esas fuerzas eran superiores, se limitaría a presentar una protesta que contenía también una amenaza. (11)

Onslow no se ajustó a esas instrucciones, o bien recibió otras que las contradecían y que permanecieron en secreto.  A fines de diciembre de 1832 llegó a Port Egmont, e inmediatamente, siguió rumbo a Puerto Soledad, anclando allí el 2 de enero del siguiente año.  En el lugar estaba la goleta “Sarandí” a las órdenes de José María Pinedo, a quien Onslow hizo saber que estaba encargado de afirmar los derechos soberanos de Inglaterra. (12)  Al día siguiente la bandera argentina era entregada a bordo de la “Sarandí” por un oficial inglés, y poco después Pinedo –ante la superioridad de las fuerzas británicas- dejaba Puerto Soledad. (13)

La “Clío” sólo quedó unos pocos días en las Malvinas, y dejó a su población en el mayor desamparo y anarquía.  Pero un año después, el 9 de enero de 1834, el “Challenger” traía al primer gobernador inglés, Henry Smith, que iniciaba así la ocupación de las islas usurpadas. (14)

Debe señalarse, ante todo, que Inglaterra se instaló en el mismo lugar que había sido poblado sucesivamente por los franceses, los españoles y los argentinos, pero que nunca había estado bajo el dominio inglés.  Si alguna pretensión podía sustentar Gran Bretaña, ella se limitaba a Port Egmont, ubicado en el otro extremo del archipiélago.  Esta circunstancia tan importante revela que el gobierno británico procedía con absoluto desprecio por el aspecto jurídico de la cuestión, y con el deseo manifiesto de realizar un acto de fuerza, sabiendo que la Argentina no estaba en condiciones de oponerse y de afrontar ese poder enormemente superior.

La segunda instalación inglesa en las Malvinas fue un despojo realizado gracias a esa superioridad.  La expulsión de las autoridades argentinas legítimas ni siquiera fue precedida de un aviso o de un ultimátum enviado al gobierno de Buenos Aires.  Inglaterra no quería que sus derechos –o sus pretendidos derechos- fueran objeto de una discusión diplomática. Usaba la fuerza, como antes –en 1766- había usado del secreto y de la clandestinidad.  (15)

La llegada de Pinedo a Buenos Aires produjo naturalmente una honda conmoción en el sentimiento público, y dio origen a la inmediata protesta del gobierno argentino. (16)  El encargado de negocios, que era Philip G. Gore, contestó al día siguiente que no tenía instrucciones de Londres.  Entonces Manuel Vicente de Maza resolvió plantear el asunto directamente en Inglaterra, para lo cual comisionó al ministro plenipotenciario Manuel Moreno, encargándole la presentación de una formal protesta.  Este lo hizo el 17 de junio de 1833 mediante una larga nota en la cual recordaba los antecedentes históricos de la cuestión, para concluir “que los títulos de la España a las Malvinas fueron, su ocupación formal; su compra a la Francia por precio convenido; y la cesión o abandono que de ellas hizo Inglaterra”.  Como las Provincias Unidas sucedieron en los derechos que España tenía, Gran Bretaña no podía adquirir ningún nuevo derecho sobre las islas.  La nota concluía protestando “contra la soberanía asumida últimamente, en las islas Malvinas por la corona de la Gran Bretaña, y contra el despojo y eyección del Establecimiento de la República en Puerto Luis, llamado por otro nombre el Puerto de la Soledad”, y pidiendo las reparaciones adecuadas por la lesión y ofensa inferidas. (17)

La contestación inglesa –que tardó más de seis meses en ser presentada- merece ser cuidadosamente analizada. Comienza esa nota recordando la protesta que Parish había entregado al gobierno argentino a fines de 1829 y reproduciendo los mismos argumentos: “esos derechos soberanos, que estaban fundados sobre el descubrimiento original y subsiguiente ocupación de aquellas islas, adquirieron una mayor sanción con el hecho de haber su Majestad Católica restituido el establecimiento inglés de que una fuerza española se había apoderado por violencia en el año 1771”.

Agregaba la nota que el retiro de los ingleses en 1774 no pudo invalidar sus derechos.  Y como la protesta de Parish no había sido contestada por el gobierno argentino, este último no podía sorprenderse por el acto realizado en las Malvinas, ni tampoco “suponer que el gobierno británico permitiese que ningún otro Estado ejerciera un derecho, como derivado de España, que la Gran Bretaña le había negado a España misma”.

Lord Palmerston se ocupaba, por último, de negar la existencia de una promesa secreta, acerca de la cual no había constancia alguna en los archivos ingleses. (18)

La respuesta de Palmerston, escueta y carente de fundamentos históricos y jurídicos, sólo revelaba el deseo de eludir la discusión de un enojoso asunto que el gobierno británico no podía defender con argumentos valederos, sin dejar por ello de persistir en su actitud.

No es necesario volver a señalar las falsedades que esa nota contiene.  Ya lo hemos hecho al comentar la de Parish; que se transcribe casi literalmente por Palmerston.  Los dos únicos argumentos que este último agrega son la falta de contestación argentina a la nota de 1829 y la negativa inglesa a reconocer a otros Estados los derechos que había negado a España.

Aquella falta de contestación, explicable por las circunstancias críticas que vivía el país por esos años, no pudo, desde ningún punto de vista, hacer surgir un título nuevo para Inglaterra.  Ese silencio no podía interpretarse como un asentimiento a las pretensiones inglesas, puesto que simultáneamente los hechos afirmaban la voluntad argentina de mantener su soberanía en las Malvinas. Los años 1829-1831 son precisamente los de mayor actividad en el archipiélago, que tiene a su frente al gobernador Vernet y asiste al desarrollo de Puerto Soledad.  De modo que esos actos de dominio eran el mejor  desmentido que podía darse a la nota de Parish, y la manera más eficaz de asegurar los derechos que la República tenía como sucesora de España.  Si Inglaterra aspiraba sinceramente a obtener una contestación, pudo insistir en su nota o presentar otra recabándola, pero nunca hacer derivar de esa falta un fundamento para realizar actos de fuerza en Puerto Soledad.  La correcta práctica diplomática entre dos naciones que mantenían relaciones amistosas y cordiales exigía otro tratamiento muy distinto.

El último argumento de Palmerston consistía en sostener que Inglaterra no podía admitir los títulos argentinos porque los había negado a España misma, de la cual derivaban aquéllos.  Esta era una evidente falsedad, que al mismo tiempo encerraba un sofisma.  Gran Bretaña nunca desconoció, ni hubiera podido hacerlo, los derechos españoles.  Estos fueron admitidos en 1749, en 1771 y en 1790, sin que llegara a ser tema de una discusión entre las cancillerías.  Y desde 1774, en que España quedó como única dueña del archipiélago, Inglaterra mantuvo un persistente silencio que significaba aceptar la validez de aquella ocupación.  Pero ese argumento contiene, además, un sofisma; aun cuando España no hubiera tenido título alguno, o éste hubiera sido desconocido por Inglaterra, no por ello podía esta última crearse unilateralmente un derecho fundado en la inexistencia del que invocaban los españoles.  Para adquirir la soberanía de un territorio no basta negar la que otra nación alega, sino que es preciso además que haya actos posesorios indiscutidos y permanentes. Y esto era lo que no podía aducir Inglaterra, que desde 1774 hasta 1829 guardó un profundo silencio respecto del archipiélago.

Manuel Moreno replicó a Palmerston, en nota del 29 de diciembre de 1834, aportando nuevos argumentos y antecedentes en apoyo de la posición argentina. (19)  esta segunda nota contiene sin duda un alegato muy orgánico y refleja con mayor acierto los derechos que Moreno defendía.  Pero tanto ésta como las ulteriores reclamaciones fueron contestadas siempre con una categórica negativa, por parte de Inglaterra, a discutir lealmente los títulos respectivos.  El problema se mantuvo en la misma situación, sin que nada hiciera variar la posición argentina.  Esta se funda, históricamente, en las siguientes razones:

1º) La soberanía española de las islas, derivada de la concesión pontificia y de la ocupación de territorios en el Atlántico Meridional.  Inglaterra reconoció esa soberanía al comprometerse a no navegar ni comerciar en los mares del Sud (tratados de 1670, 1713 y subsiguientes)

2º) La posesión efectiva de Puerto Soledad desde 1764 –como sucesora de Francia- hasta 1811, la cual, a partir de 1774, fue una ocupación exclusiva de todo el archipiélago, acreditada mediante múltiples actos de soberanía y confirmada por la aceptación de todas las naciones.

3º) El compromiso británico de evacuar Port Egmont –como lo hizo en 1774- y el nuevo acuerdo con España de no establecerse en las costas orientales u occidentales de la América Meridional, ni en las islas adyacentes (octubre de 1790).

4º) La incorporación de las islas Malvinas al gobierno y por lo tanto al territorio de la provincia de Buenos Aires, resuelta por España en 1766 y mantenida luego sin alteración alguna.

5º) La continuidad jurídica de la República Argentina con respecto a todos los derechos y obligaciones heredados de España.

6º) La ocupación pacífica y exclusiva del archipiélago por la Argentina –o la provincia de Buenos Aires- desde 1820 hasta el 2 de enero de 1833, en que sus autoridades fueron desalojadas por la fuerza.

7º) El traspaso hecho por España a la República Argentina, mediante el tratado de 21 de diciembre de 1863, “de todas las provincias mencionadas en su Constitución federal vigente, y de los demás territorios que legítimamente le pertenecen o en adelante le pertenecieren”, renunciando a “la soberanía, derechos y acciones que le correspondían”. (20)

Por su pare Inglaterra no puede invocar ni los derechos de primer ocupante, ni la cesión de su soberanía por España, ni la facultad de navegar y de establecerse en los mares del sud, ni ningún otro título legítimo aceptado por España o por la Argentina.  Sólo tiene a su favor la ocupación clandestina de 1766 y el violento despojo de 1833.

Referencias

(1) Caillet-Bois, 179-181: “El Argos de Buenos Ayres, Nº 31, 10 de noviembre de 1821.
(2) Gómez Langenheim, I, 212 y 217.
(3) Decreto del 5 de enero de 1828, en Gómez Langenheim, I, 230.
(4) Pedro de Angelis – Recopilación de las leyes y decretos promulgados en Buenos Aires, segunda parte, 969, Buenos Aires, 1836.  El decreto fue publicado y comentado por los dos periódicos más importantes de entonces: “La Gaceta Mercantil”, 17 y 23 de junio de 1829, y el “British Packet”, 20 de junio del mismo año.
(5) Caillet-Bois, 183-208.
(6) Gómez Langenheim, II, 127.
(7) Guido a Parish, 25 de noviembre de 1829 en Gómez Langenheim, II, 128.
(8) Todos los sucesos se encuentran documentados en “Colección de documentos oficiales con que el gobierno instruye al cuerpo legislativo de la provincia del origen y estado de las cuestiones pendientes con la República de los Estados Unidos de Norteamérica sobre las Islas Malvinas”.  Buenos Aires, 1832; seguida de “Apéndice a los documentos oficiales publicados sobre el asunto de Malvinas, etc.”, Buenos Aires, 1832.
(9) Groussac, “Les iles Malouines”, 33, quien cita a Francis Wharton, “A Digest of the International Law, 2ª ed., I, 444.
(10) Caillet-Bois, 295-318.
(11) Caillet-Bois, 320-321, quien cita a G. T. Whitington, “The Falkland Islands, compiled from ten years, investigations of the subject”, 12-15, London, 1840.
(12) Onslow a Pinedo, 2 de enero de 1833, V. F. Boyson, “The Falkland Islands”, 97, Oxford, 1924.
(13)  Caillet-Bois, 322-327.
(14) Boyson, 103.
(15) No deja de ser curioso destacar la explicación que da un autor moderno sobre los motivos de la llegada de la “Clío”: “The reason of her appearance was very simple.  No notice having been taken of the protest made by Woodbine Parish three years previously, the Clio….. had been dispatched to take possession of the colony” (Boyson, 97).  Este escritor parece ignorar  todos los usos diplomáticos, e incluso la diferencia que existe entre tomar posesión de un lugar abandonado o desierto y expulsar de un establecimiento ya organizado a las autoridades de un país con el cual se mantienen relaciones amistosas.
(16) Maza a Gore, 16 de enero de 1833, en “Reclamación del Gobierno de las Provincias Unidas del Río de la Plata, contra el de su Majestad Británica, sobre la soberanía y posesión de las islas Malvinas (Falkland), Discusión oficial”, 25, Londres, 1841.
(17) Reclamación cit., 3-24.  Se publicó también en inglés y francés en “Protestation du gouvernement des Provinces Unies du Río de la Plata, par son ministre plénipotentiairie a Londres, sur l’arrogation de souveraineté dans les iles Malvines or Falkland, par la Grande Bretagne, et l’éjecution de l’établissement de Buenos Ayres a Port Louis”, Londres, 1833.
(18) Lord Palmerston a Manuel Moreno, 8 de enero de 1834, en “Reclamación” cit., 40-53.
(19) ”Reclamación” cit., 54-66.  Manuel Moreno publicó también, sin nombre de autor, un folleto titulado “Observations on the forcible occupation of the Malvinas, or Falkland Islands, by the British Government, in 1833”, London, 1833.  Este folleto estaba destinado a ilustrar a la opinion pública, mostrando el carácter violento de la agresión inglesa.  Sobre las gestiones de Moreno en Londres, ver Caillet-Bois 347-365.
(20) Tratado de reconocimiento, paz y amistad con España, ratificado por la ley 72.

Fuente
Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado.
Muñoz Azpiri, José Luis – Historia completa de las Malvinas – Buenos Aires (1966).
www.revisionistas.com.ar

martes, 14 de diciembre de 2010

Los ocupantes del Indoamericano pasaron de 5000 a 13.333.

Desarrollo Social informó que hay cerca de 5000 personas en el parque

Según el ministerio que conduce Alicia Kirchner, el censo realizado en el Parque Indoamericano arrojó hasta pasada la medianoche un resultado parcial de 1650 grupos familiares. "Los censistas están realizando un trabajo perfecto y en plena tranquilidad", manifestaron desde la cartera de Desarrollo Social.


La información preliminar fue suministrada por la ministra de Desarrollo Social, Alicia Kirchner, mediante un comunicado, mientras continuaba en el terreno la recogida de datos. Según el parte, "se censaron 1650 grupos familiares", lo cual establece que "cinco mil ocupantes están" en el predio que pretende ser desalojado por el gobierno porteño.

Desarrollo Social inició el censo a las 14 del domingo, con más de 170 profesionales y técnicos que trabajan en tareas de abordaje integral. Para ello fueron instaladas en el predio más de siete oficinas móviles del ministerio.

El secretario de Gestión y Articulación Institucional del mismo ministerio, Sergio Berni, responsable del operativo, dijo que "los censistas están realizando un trabajo perfecto y en plena tranquilidad". El funcionario, quien dirige la actividad en el lugar, señaló que "la fotografía" de la población que participa en la toma del parque, permitirá "empezar a trabajar en un principio de solución".

Mientras tanto, el gobierno porteño había iniciado la provisión de agua y alimentos, tal como se comprometió el sábado en una reunión con el jefe de gabinete, Aníbal Fernández, aunque la primera asistencia en ese sentido la hizo el Ministerio de Desarrollo de la Nación.

lunes, 13 de diciembre de 2010

Salvatierra:Un delincuente que encabeza la toma de Soldati.

Los ocupantes pidieron por viviendas dignas o sino “no se van”

El delegado de las personas que ocupan el Parque Indoamericano, Alejandro Salvatierra, señaló hoy que las familias no abandonarán el predio hasta que no les den “viviendas dignas” por parte del Gobierno de la Ciudad, culpándolo de haber “incitado a las bandas armadas que actuaron en los últimos días”.

En la conferencia de prensa realizada en la Casa Rosada, Salvatierra fue uno de los interlocutores luego de la reunión que mantuvieron funcionarios del Gobierno Nacional y de la Ciudad, que aclaró “no tuvo resultado positivo para los ocupantes”.

Y finalizó “Pedimos a quien corresponda el uso de la razón. No era necesario ver las muertes que tuvimos que ver. Queremos viviendas dignas para todos los compañeros porque sino no nos vamos”.

domingo, 12 de diciembre de 2010

Soldati, un boomerang para el cristinismo cretino.

¿Xenofobia o Cretinismo?
Mientras comienzo a escribir esta nota, doña Cristina está hablando desde su atril en el “Salón de los Próceres Latinoamericanos”, ese mismo que inaugurara el 25 de mayo con cuadros del asesino Ernesto Guevara.
Por Enrique Guillermo Avogadro

Y también hay una batalla campal entre los vecinos de la zona y los ocupantes de otro espacio público que, en 48 hs., se ha cargado la vida de tres personas.
De todas maneras, y en la medida en que está usando el atril para explicar, en su propia interpretación, qué está pasando el Parque Indoamericano, hoy ha acumulado una nueva prueba de su ignorancia como la abogada que dice ser, no sólo del derecho positivo sino del propio derecho natural.
Le guste o no a doña Cristina, las comunidades sólo pueden existir cuando se someten a las leyes que gobiernan la convivencia y las relaciones entre cada uno de sus miembros. Paradójicamente, una sociedad es verdaderamente libre cuando es esclava de las leyes.
Y una de las primeras normas que el hombre estableció cuando comenzó a manifestar su espíritu gregario dice, expresamente, que los derechos de uno terminan donde empiezan los de los demás. Si esto no se entiende, si ese principio no se hace carne en una sociedad, todo el andamiaje sobre el cual esa sociedad se ha creado dejará de existir, ya que no habrá límite alguno para la voluntad y el deseo, legítimos o no, de cada uno.
Desde 2003, la imbécil posición gubernamental de no reprimir (nadie pide eso) la protesta social, ha llevado, precisamente, a que los derechos no sean respetados, y a que cada uno imponga al vecino su parecer. En especial, como todos sabemos, se ha conculcado generalizadamente el derecho a circular libremente.
Las sociedades civilizadas ejercen, desde el Estado, el monopolio de la fuerza, y lo usan para canalizar esas protestas de modo tal que no perjudiquen a los demás. Y, así, mantienen el orden público en sus ciudades y permiten a sus ciudadanos ejercer sus derechos libremente. Los ejemplos sobran y, salvo excepciones que son verdaderos delitos, no hay heridos ni muertos en las protestas.
Por ello, la Presidente, cuando pretende confundir disuasión con represión, razona con silogismos absolutamente disparatados.
Y lo mismo ocurre cuando confunde el reclamo por una política lógica de inmigración con xenofobia.
Los argentinos en general no tenemos problemas raciales, religiosos, sexuales o políticos que generen discriminación de ningún tipo. Es más, mayoritariamente tenemos por nuestros hermanos latinoamericanos un cariño enorme, generado por una historia común, por lazos culturales indisolubles, y hasta por el idioma.
Pero ningún país –elija, señora Presidente, alguno para contradecirme- carece de política inmigratoria. Pero, tal vez, reclamar un diseño por el estilo en un país que carece de planificación de largo plazo (nadie parece pensar, en la Argentina, más allá del próximo año) resulte una quimera.
Lamentablemente, los países de alrededor sufren, en algunos casos en forma más grave, de problemas sociales parecidos a los nuestros. Y la política de subsidios y de planes sociales implementado, sin filtro de ningún tipo y con mucha intencionalidad política, por el Gobierno nacional, hace que la ciudad de Buenos Aires y hasta el Conurbano actúen como un imán para quienes, en Bolivia, Perú, Paraguay, etc., sufren por la pobreza, la indigencia y, sobre todo, por la falta de un sistema de salud idóneo.
Nadie es xenófobo –es decir, nadie considera un enemigo al otro- pero doña Cristina y don Anímal Fernández debieran entender varias cosas: que la situación que se está viviendo es producto directo de la inacción y de la corrupción que campean en el país y, también, que los recursos de todo tipo (vivienda, salud, educación, cloacas, agua corriente, electricidad, etc.) se planifican –o, al menos, debieran serlo- para una determinada población, y no para una demanda creciente, incontrolada y desmadrada.
Por otra parte, y volviendo al principio de la nota, tampoco es posible que cualquiera, por muchas necesidades que tenga, ocupe espacios públicos para transformarlos en propiedades privadas. Y la tolerancia del kirchnerismo, motorizado por la voluntad clientelista, ha hecho precisamente eso. La ciudad y sus alrededores se han convertido, literalmente, en bienes vacantes, de los cuales cualquiera puede apropiarse.
Para agravar, aún más, el panorama, la Argentina ha dejado de ser, desde hace ya años, un país de tránsito de droga para transformarse en uno de consumo; tanto que tenemos el record en marihuana y en cocaína comercializadas en el mercado interno y, como existen innumerables “laboratorios”, éstos venden el famoso paco, que destruye la vida en un año.
Las villas porteñas, tan similares ya a las favelas brasileñas, se han convertido en las fuentes en las cuales campea el tráfico y abreva el consumo. El Presidente Luiz Inácio Lula da Silva –creo que equivocadamente, pero eso es otra discusión- ha enviado a las fuerzas armadas de su país a recuperar territorios que, hasta ayer, habían dejado de pertenecer al Estado brasileño para ser, sólo, de los traficantes.
Si pensamos que el comercio de drogas en el mundo moviliza recursos por seis mil billones de dólares anuales, se puede comprender por qué los implicados en el mismo disponen de armamento tan sofisticado. A mero título de ejemplo, un allanamiento que se realizó en la celda en la que estaba detenido Fernandinho Beira Mar permitió saber que éste, desde la cárcel, estaba comprando misiles tierra-aire para luchar contra los helicópteros policiales.
Ya la Presidente ha terminado su alocución, con mohines y sonrisas, en la que ha puesto toda la responsabilidad de los hechos que contemplo, azorado, por televisión, sobre los hombros de Macri. Mientras tanto, la Policía Federal –y también la todavía incapacitada Metropolitana- continúa ausente, y los vecinos han salido a matar a los intrusos.
Hoy el país –porque el Parque Indoamericano es sólo una muestra; hay otras, como los transportadores de granos de Pehuajó- es un caos. El Estado está ausente, los órganos de seguridad del Ejecutivo no obedecen las órdenes del Poder Judicial, los propios ministros ridiculizan al Vicepresidente y al Jefe de Gobierno porteño, y los vecinos han salido a matar intrusos.
También hay, en el Parque, organizaciones criminales de todo tipo, desde las que lucran “vendiendo” los terrenos a los invasores –y, como marketing, los llevan al lugar- hasta los que venden pasaportes y documentos de identidad para que puedan votar en las próximas elecciones y, sobre todo, a los traficantes que quieren expandir su imperio.
La crispación que el kirchnerismo ha impuesto con su discurso a la sociedad es la causa de lo que está sucediendo. Mientras la Presidente recibía elogios del Juez Garzón, de Hebe de Bonafini y de Estela Carlotto, los esbirros de la segunda están entre los primeros atacantes de los intrusos del Parque, ante la posibilidad de que éstos invadan las casas construidas por su organización.
Para “pegarle” a Macri, aparentemente todo sirve; y debo confesar que parece fácil. Hasta el caos y las muertes aparecen como útiles. Sin embargo, y como dijo esta mañana Joaquín Morales Solá en La Nación, esta situación se volverá, como un boomerang, contra el Gobierno nacional y la posibilidad de continuidad del kirchnerismo en el poder.
Y será un “bien” más que heredará el sucesor. Por eso, y aunque sienta que estoy predicando en el desierto, insto a los políticos argentinos a que se pongan el país al hombro, a que se unan en la gesta heroica de recuperar el futuro ya que, si no lo hacen, auguro que la Argentina, como país, desaparecerá de la faz de la tierra.
Debo confesar que hoy, en medio de tanta muerte y tanto cinismo, tengo pocas esperanzas. Termino esta nota a las 22:15, y la noche será muy larga en la Argentina, y más en el Parque. Ruego a Dios para que no se transforme en una masacre.