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viernes, 8 de abril de 2011

LIBIA:Lecciones del mundo árabe.

 por Iñaki Etaio
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> Las revueltas en los países árabes y la recién iniciada agresión imperialista contra Libia nos han hecho mirar con cierta perplejidad, incertidumbre, cuando no preocupación hacia esa parte del mundo. Son abundantes los análisis que podemos encontrar estos días, al margen de las lecturas simplistas y tendenciosas con las que nos bombardean deliberadamente. A pesar de esa vorágine informativa, y aún sabiendo que no se está descubriendo nada nuevo, es posible y necesario extraer algunas lecciones de los sucesos de estas últimas semanas. Se suele decir que quien no conoce la Historia está condenado a repetirla, y la humanidad en su conjunto parece retratarse en tal afirmación. Por lo tanto, es nuestro deber militante analizar los recientes hechos acaecidos, ya que constituyen valiosas fuentes de aprendizaje para l@s revolucionarios de todo el mundo, para todas aquellas personas y organizaciones que sueñan y luchan por construir un futuro diferente. De forma muy esquemática, algunos de los aspectos que cabría señalar serían los siguientes:
> 1- La evidencia de nuestro desconocimiento sobre la realidad de dichos países (aunque Marruecos, Túnez o Egipto sean algunos de los destinos turísticos preferidos para miles de vasc@s), así como el efectivo papel de los medios de desinformación para fabricarnos una imagen interesada de una situación que pueda servir posteriormente para justificar las acciones de las potencias imperialistas neocoloniales. Paralelamente, mientras se distorsionan unos levantamientos y se sobredimensionan otros, se nos están ocultando sistemáticamente diversas luchas y logros populares que constituirían un mal ejemplo a seguir. ¿Qué sabemos de las movilizaciones y medidas tomadas en Islandia contra el saqueo del pueblo?
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> 2- La confirmación de que la historia de los pueblos es dinámica. Tras la supuesta calma, estatismo, resignación reinante en muchos regímenes autoritarios que aparentan ser eternos, se esconde, se acumula la tensión, la indignación, el odio popular y el ansia por subvertir el estado de las cosas, que finalmente estalla tras un hecho aparentemente casual pero en el que se reflejan, en realidad, las contradicciones del sistema. Los pregoneros del fin de la Historia cuentan con un error más en sus predicciones. Los defensores de que la Historia de la humanidad es la Historia de la lucha de clases tienen una muestra más para ratificarse en dicha tesis marxista.
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> 3- La constatación de que ?sí, se puede? y su efecto dominó constituye un estímulo para otros pueblos en una situación similar, a la vez que se torna un peligroso precedente para las fuerzas imperialistas, para las cuales es imperativo demostrar con la fuerza de los hechos (que no es otra cosa que el hecho de la fuerza) que aunque algunos hayan podido ?los demás no vais a poder?. La Historia está llena de ejemplos, pero baste mencionar el ahogamiento de la Nicaragua sandinista ante la posibilidad de propagación de la revolución por Centroamérica, los golpes militares de Chile o el más reciente en Honduras, o el pánico de los estados europeos ante la posibilidad de que alguna de las naciones sin estado que permanecen en su seno pueda constituirse en un nuevo estado.
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> 4- La demostración, una vez más, de la desvergüenza y prepotencia de las élites imperialistas, que por un lado sustentan y arman a regímenes opresores y, cuando se hace insostenible la pervivencia de sus títeres, ponen en marcha toda su maquinaria para lograr una ?transición pacífica? mediante reajustes cosméticos y evitar así un genuino empoderamiento popular. Finalmente, en el colmo de la desfachatez, el grupo de selectos ?demócratas? representados en el consejo de seguridad de la ONU (al que han llegado, no lo olvidemos, no por sus esfuerzos en favor de la paz, sino gracias a su poder militar) deciden en qué país se debe intervenir. Este simple hecho equivale paralelamente a decidir en qué otros conflictos hay que dejar que los pueblos sigan desangrándose, bien porque no hay recursos estratégicos en juego o porque directamente se busca el desplazamiento y exterminio de poblaciones para dejar el campo libre a las transnacionales. Todo ello con el infame seguidismo de gran parte de la supuesta izquierda europea y con el aplauso cómplice e interesado de las diversas oligarquías, entre ellas la vasca (no olvidemos el interés imperialista por el control de las fuentes energéticas y el lucrativo negocio de la industria armamentística, con una presencia considerable en Euskal Herria).
> Ante el bombardeo de Libia por las fuerzas imperialistas, aquellas palabras pronunciadas por el Che en un memorable discurso conservan toda su vigencia: ?que no se puede confiar en el imperialismo... ni tantito así, ¡nada!?.
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> 5- La necesidad de un programa de cambio. Eso es lo que diferencia una revuelta, un levantamiento de una revolución. El levantamiento y la movilización popular son necesarios, imprescindibles, para cambiar la realidad, pero no suficientes, siendo ineludible un programa, una organización, una dirección, que canalicen y alimenten toda esa energía transformadora no sólo para intentar destruir el viejo régimen sino para ir tejiendo los mimbres de una nueva estructura que responda a las necesidades de las mayorías.
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> Para finalizar, como internacionalistas vasc@s nos queda denunciar esta nueva agresión imperialista, más aún, denunciar la naturaleza misma del imperialismo y la lógica mercantilista del capitalismo en su intento por someter a los pueblos en Libia, Túnez, Egipto, Irak, Afganistan, el Congo, Chechenia, Palestina y también en Euskal Herria y los demás pueblos de Europa. Denuncia que debe ir acompañada de la movilización popular y la formación del pueblo vasco para que tome conciencia de las estructuras y factores nacionales y supranacionales que atenazan a los pueblos, cuyo conocimiento es imprescindible para intentar repetir el menor número de errores posibles y poder afrontar con unas mínimas garantías la construcción de una Euskal Herria libre, justa, igualitaria e internacionalista.

domingo, 24 de octubre de 2010

El peronismo; dueño de la decadencia.

Los dueños de la violencia

Hugo Moyano, no titubeó en informarnos que de ganar en el 2011 Julio Cobos o un peronista disidente enviaría a su hijo Pablo "y los pibes" a la Plaza de Mayo para protestar contra tamaña enormidad, lo que, subrayó, pondría en peligro "la gobernabilidad".

Por James Neilson


La Argentina no cuenta con un partido conservador poderoso comparable con aquellos que con cierta frecuencia triunfan en elecciones en América del Norte, Europa, Japón y Oceanía para entonces ponerse a gobernar, pero en términos políticos es uno de los países más conservadores del planeta. Si no lo fuera, un movimiento como el peronista, que ha sido responsable de una larga serie de desastres realmente espectaculares, hubiera dejado de existir hace por lo menos cuarenta años. Sin embargo, a pesar de haber contribuido más que ningún otro movimiento a hacer de la Argentina lo que el pensador francés Raymond Aron calificaba de "la mayor decepción del siglo XX", el peronismo no sólo ha sobrevivido sino que sigue dominando el escenario político nacional.

No es que el peronismo se haya modernizado a fin de adaptarse al mundo globalizado. A muchos dirigentes e intelectuales orgánicos del movimiento les parece natural dar prioridad a la reivindicación de la figura de Juan Domingo Perón y la de su segunda esposa, Evita, además de borrar del relato peronista pormenores tan desagradables como los supuestos por el protagonismo de José López Rega, la represión feroz que emprendió la Triple A cuando Perón aún estaba a cargo del gobierno nacional y los vínculos de ciertos peronistas con el régimen militar que se formó después del golpe de 1976.

¿Cómo explicarlo? Es evidente que el fenómeno se debe a algo más que la nostalgia colectiva que presuntamente sienten los fieles ya ancianos por las ilusiones de mediados del siglo pasado. El propio Perón atribuyó la vitalidad sorprendente del movimiento que fundó a los errores de sus adversarios: dijo que "no es que fuimos tan buenos sino que los que vinieron después fueron peores". El general aludía a los regímenes militares torpes y a las administraciones civiles débiles de los años cincuenta y sesenta, sin poder prever que la historia desconcertante de fracasos ajenos que permitirían que los peronistas se encargaran nuevamente del gobierno seguiría repitiéndose una y otra vez hasta bien entrado el siglo XXI.

Perón era tan nacionalista como el que más y, para más señas, entendía muy bien que la Argentina tendría que adaptarse a los cambios que se producirían en el mundo en las décadas venideras, de suerte que no es de suponer que se haya propuesto construir una maquinaria política, una especie de cápsula del tiempo, que serviría para mantener atrapados a sus compatriotas en los años cincuenta, impidiéndoles evolucionar política y económicamente como harían casi todos los demás, incluyendo a los italianos y españoles. Pero es lo que hizo. Los sueños de los años setenta que tanto fascinan a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y su marido ya eran retrógrados: lo que querían los "jóvenes maravillosos" de aquel entonces era regresar al primer peronismo con el propósito de emprender, desde el mismo punto de partida, un rumbo que a su entender sería "revolucionario".

A diferencia de otros movimientos, el peronista no se caracteriza por la adhesión de sus militantes a un ideario determinado. En distintos momentos ha sido izquierdista y derechista, estatista y "neoliberal", nacionalizando empresas cuando estaba de moda y después privatizándolas por la misma razón. Tanta plasticidad ha sido sumamente desmoralizadora, ya que a esta altura escasean los dirigentes peronistas que no hayan sido partidarios fervorosos de una variedad desconcertante de planteos ideológicos. En los años noventa los Kirchner eran tan menemistas, o sea "neoliberales", como más tarde serían kirchneristas muchos funcionarios y legisladores antes menemistas o duhaldistas.

El peronismo está aglutinado por los lazos personales de los dirigentes, por los favores que se deben mutuamente y por el entusiasmo que todos sienten por el poder. Tan fuerte es su "vocación" en tal sentido que a través de los años se han mostrado dispuestos a aprovechar cualquier oportunidad para apropiarse de él. Cuentan con los medios necesarios: pueden convocar a sindicalistas aguerridos habituados a hostigar a gobiernos no peronistas ordenando paros generales, grupos de choque callejeros y operadores que son plenamente capaces de organizar saqueos en gran escala a fin de brindar la impresión de que el país está por precipitarse en el caos, como en efecto hicieron para apurar la salida de Raúl Alfonsín y reducir a la mitad la gestión de Fernando de la Rúa.

He aquí la clave del éxito político innegable del peronismo. Como suelen recordarnos sus militantes, el suyo es el único movimiento que está en condiciones de garantizar "la gobernabilidad". Es su manera de advertir a rivales de otras agrupaciones de que, si merced a un error del electorado consiguen formar un gobierno, tarde o temprano se las arreglarán para destruirlo. En ocasiones lo dicen sin ambages. Anteayer, el jefe del PJ bonaerense y, lo que es mucho más importante, del sindicato de los camioneros, Hugo Moyano, no titubeó en informarnos que de ganar en el 2011 Julio Cobos o un peronista disidente enviaría a su hijo Pablo "y los pibes" a la Plaza de Mayo para protestar contra tamaña enormidad, lo que, subrayó, pondría en peligro "la gobernabilidad".

Aunque Moyano mismo no se ha visto beneficiado por las amenazas prepotentes que son su especialidad, entenderá que intimidar al electorado advirtiéndole de lo riesgoso que sería votar por Cobos o por cualquier otro opositor es una buena forma de ayudar a los Kirchner. Para conservar el poder que han sabido construir, los santacruceños tendrían que convencer a una cantidad suficiente de votantes de que sería catastrófico permitir que otros procuraran gobernar un país tan díscolo como la Argentina porque serían incapaces de impedir que personajes como Moyano sembraran el caos.

Puesto que hasta ahora ha funcionado muy bien la estrategia de dar a entender que, bien que mal, hay que votar por un peronista porque ningún dirigente de otro movimiento sería capaz de mantener bajo control a los compañeros más violentos, los Kirchner tienen buenos motivos para desestabilizar a su propio gobierno.

Por cierto, a los dos no les convendría en absoluto que la ciudadanía confiara tanto en las instituciones políticas del país que la mayoría cayera en la tentación de votar por un opositor sólo porque sus propuestas le resultaran atractivas o porque, cansada después de ocho años de gobierno kirchnerista, quisiera probar suerte con algo distinto.