domingo, 11 de diciembre de 2011

Ayer retomó posesión de su cargo su majestad, la señora Cristina Fernández de Kirchner, en un acto que recordó mucho a la autocoronación de Napoleón cuando, en 1804 y rompiendo todo el protocolo, se colocó a sí mismo el símbolo imperial por excelencia.


Re-empezose del acabose

“El político divide a la humanidad



en dos clases: los instrumentos y los enemigos”
Friedrich Nietzsche







Si sólo se tratara de una mera informalidad más, a las que “El” era tan afecto, el tema no revestiría mayor importancia. En el marco de lo sucedido la corta semana pasada, en cambio, reviste una relevancia esencial.

Desde el 23 de octubre, cuando la señora Presidente revalidó los títulos obtenidos ya en agosto, la concentración del poder absoluto en sus propias manos se ha transformado en lo más explícito de su discurso.

Los riesgos –que los electricistas conocen muy bien- de trabajar sin fusibles, han sido asumidos por “Ella” con total conciencia: a partir de ahora, todos los aciertos serán propios y exclusivos, pero los errores también.

A la luz de la imperiosa necesidad de inversiones que doña Cristina puso ayer como demanda a los industriales, no parece que la ascensión de don Guillermo Patotín Moreno pueda considerarse una jugada magistral. El Secretario de Comercio –que ha sumado formalmente el área internacional a sus cuantiosas funciones- no es, precisamente, el ideal a la hora de concitar apoyos que se traduzcan en una real ampliación de la oferta de bienes.

Antes bien, todas y cada una de las políticas coyunturales, y la forma de imponerlas, no sólo han sido contraproducentes para el Gobierno y para el país a poco de andar, sino que no hacen más que quitar definitivamente a la Argentina del escenario posible de destinos de inversión extranjera. Nadie, en su sano juicio, invierte en un país en el cual un funcionario –caso por caso, como se ha visto, y privilegiando a los amigos- decide cuál es el margen de ganancia, si las utilidades pueden ser distribuidas, cuáles son los productos sujetos a control de precios y, sobre todo, donde no se puede tener la seguridad de contar con la energía necesaria para los procesos industriales.

Tampoco el nuestro es un Estado que pueda exhibir el respeto a la división de poderes, y donde los jueces den muestra de independencia a la hora de firmar sus sentencias. Esta suma de elementos, todos ellos indispensables y esenciales cuando de decidir inversiones se trata, faltan en la Argentina y el discurso presidencial de ayer no parece encaminado a enmendar ese cuadro. Antes bien, mientras escuchaba a doña Cristina ayer, resonaban en mis oídos las palabras famosas: “Les hablé con el corazón y me respondieron con el bolsillo”.

La señora Presidente puso en palabras las nuevas guerras que pretende desatar en el futuro. Los enemigos recién creados son el Partido Justicialista, el sindicalismo organizado y los actores del sistema financiero. Ya les hizo entrega de las condiciones de rendición que, en realidad, pueden resumirse en dos: fidelidad canina al “modelo” y compromiso unívoco con el “relato”.

Al marcar tan ferozmente la diferencia entre Perón y “nosotros”, dejó en claro que el aparato peronista y sus antiguos líderes no pertenecen, en verdad, a la propia tropa, es decir, desnudó que don Néstor (q.e.p.d.) y “Ella” sólo se han servido de ellos y que, a partir de mañana y tal como demostró con la imposición de los jóvenes candidatos de “La Cámpora” en las listas electorales, deben renunciar a cualquier ilusión de poder real. Falta saber, ya que entre los impulsados a arrodillarse se encuentran mandatarios con caudal de votos propios, si éstos estarán dispuestos a una rendición tan humillante o si, por el contrario, querrán dar pelea con un instrumento archiconocido y eficaz: la “Liga de Gobernadores”.

La otra incógnita es qué harán los grandes caciques sindicales; sobre la cabeza de varios ellos pende la espada de Damocles de las causas por medicamentos y troqueles falsos y el Gobierno, como bien saben, cuenta con la docilidad del juez de pasado prostibulario para hacerla descender furiosamente.

Sin embargo, el peligro que aceptar el techo a los reclamos salariales que la Casa Rosada pretende imponer ha conseguido, como tantas veces en el pasado, abroquelarlos contra el enemigo común. Desde que Oyarbide puso entre rejas al Momo Venegas doña Cristina sabe que no será una pelea fácil. Enfurecida por el apoyo del líder ruralista a Eduardo Duhalde (el bueno), desconoció el acuerdo al que arribara el gremio en paritarias, y pretende quitarle el manejo del RENATRE, el registro que tan eficiente ha resultado para el blanqueo de la actividad y la prestación de servicios sociales a los peones rurales.

Siempre se ha dicho que es peronista la frase: “El que avisa no es traidor”, y ayer doña Cristina les hizo saber que, a partir de ahora, “Ella” será quien decida cuándo se trata de una huelga, y como tal legítima, y cuándo de una “extorsión” o un “chantaje”. En este último caso, además, dejó entrever que no dudará en hacer tronar el escarmiento.

Con Moyano bajo fuego amigo, han cerrado filas para acompañarlo gran parte de “Los Gordos”, la CGT Azul y Blanca, de Luis Barrionuevo, y hasta la CTA, de De Gennaro, que con razón imputa al Gobierno la fractura de esa central. Son extremadamente conscientes de que serán los próximos a los que irán a buscar, y no están dispuestos a recitar el famoso poema atribuido a Bertold Brecht. El jueves, en el acto del Día del Camionero, se sabrá de cuánta munición disponen para el combate.

Luego vienen los players del mercado financiero, también muchos de ellos cómplices, hasta ayer nomás, del matrimonio hoy disuelto por fallecimiento. Más allá del acotamiento natural de la actividad, producto de la fuga de capitales ahora restringida por las medidas policiales de Patotín y por la falta de depósitos en pesos a largo plazo, doña Cristina les enrostra haber ganado como nunca.

Es cierto, pero pretender que acepten sin chistar que esas ganancias se transformen en pérdidas es caer en manos de una infantil ilusión. Por otra parte, los banqueros también son conscientes que, si la realidad continúa poniendo la proa al “modelo” más temprano que tarde se verán obligados a suscribir bonos del Gobierno, es decir, a cambiar los pesos de sus depositantes por papelitos sin valor.

La mención a las “corporaciones” y la aseveración de que no es la Presidente de ellas sino de los cuarenta millones de argentinos fue llamativa: el pueblo, a través de sus representantes en el Congreso, por unanimidad de ambas cámaras, sancionó la ley de protección de glaciares; doña Cristina, para favorecer a la Barrick Gold, la vetó.

Y cuando acusó a las mismas “corporaciones” de las ¿cinco? corridas cambiarias que habría soportado, dejó sin explicación ni argumento a las medidas policiales implementadas por Patotín y Echegaray para reprimir a los pequeños adquirentes de divisas. ¿En qué quedamos?

Una razón más “para sacarse el sombrero” –título de una nota reciente de quien esto escribe- frente al sistema comunicacional del Gobierno es la forma en que ha conseguido ocultar y hacer desaparecer la sensacional derrota –por los esfuerzos destinados a ganar la batalla- que sufrió doña Cristina en las elecciones de Boca Juniors. Que quien haya ganado sea el Presidente más exitoso de la historia del club y no el futuro candidato a opositor mayor de la Casa Rosada, con lo cual podría coincidir, no resulta óbice para percibir la magnitud de lo sucedido.

Para cerrar esta crónica de lo sucedido y pasar a proponer una solución al menos, sólo cabe una mención a las tres exigencias fundamentales que contuvo el discurso presidencial: el levantamiento de las medidas cautelares que traban el desmantelamiento de Clarín y la celeridad que debe imponerse a los juicios llamados “de lesa humanidad”, formuladas a la Justicia, y la sanción de la Ley de Tierras, reclamada con urgencia al Congreso.

Sobre las dos primeras ya he expresado mi posición en notas anteriores. En relación al nuevo ordenamiento de la propiedad inmobiliaria, pergeñado teóricamente para defender la necesidad de producir alimentos, sólo me cabe decir que pretender que, si el propietario es un extranjero, no hará que el bien produzca adecuadamente es una afirmación que no resiste el menor análisis. La única explicación que encuentro para una sandez de ese tamaño es que el propósito real sea hacer bajar, por falta de compradores, el precio de los campos, para que sus funcionarios sigan comprándolos como hasta ahora.

Para la UIA y José Ignacio de Mendiguren tengo una sugerencia antigua (la describí en detalle en http://tinyurl.com/84pgnqa) y bastante simple. Obviamente, otro sinsentido del discurso presidencial de estos días fue la recomendación, que Patotín se está encargando de llevar a la práctica, de “no importar ni un clavo”. Quisiera que doña Cristina me explique a quién le va a vender algo si, a la vez, no le compra; en poco tiempo más, el “modelo” se llevaría puesta a toda la industria argentina, tan dependiente de insumos importados, inclusive de agroquímicos, en el caso del campo.

Lo que hay que hacer para recuperar competitividad es sencillo. Transformar –con crédito subsidiado, si es necesario- a la industria local en una productora de bienes de exportación casi exclusivamente, y en lo posible de altísima calidad y precio consiguiente; a la vez, importar de otros países que producen con menos calidad pero a precio muy bajo (en especial, por los pobres salarios) las cosas que los argentinos más necesitados hoy no pueden adquirir, vgr. ropa, calzado, enseres domésticos, electrónicos. Pretender, por ejemplo, que favorece a la producción nacional que las “fábricas” de Tierra del Fuego sólo armen y embalen televisores y celulares que llegan completos en kits y, además, eximirlas de impuestos, sólo puede ser una gansada o un negociado.

En fin; pronto –mal que le pese a Amadito y su blindaje- llegará a la Argentina el tsunami que ya está golpeando fuerte a Brasil, destino del 24% de nuestras exportaciones industriales. Además, el precio de la soja, nuestro principal productor de divisas, se ha estancado y, probablemente, baje un poco más. La quita de subsidios -que, necesariamente, se trasladará a los precios- repercutirá como varios puntos de inflación, ya la segunda del continente (baste recordar que la “oficial” del Indec ya lo es). Las cajas a las que se recurre en busca de préstamos “intra-Estado” comienzan a agotarse. El gasto público continúa creciendo y la presión impositiva es ya insoportable para la población en general que, además, no ve que la recaudación sirva para mejorar el nivel de prestación de los servicios estatales. La inseguridad, que estuvo absolutamente ausente de las enunciaciones prioritarias que doña Cristina recitó ayer, sigue siendo la mayor preocupación de la población.

Estos son algunos de los problemas que la señora Presidente debe enfrentar desde mañana mismo. Que, para encararlos, no haya nombrado a un verdadero Ministro de Economía con conocimientos y personalidad y, en cambio, haya encumbrado a Patotín y a los chicos a sueldo de La Cámpora, confiere sentido al título de esta nota.



Bs.As., 11 Dic 11

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